El arte que construyó la identidad de México

El arte que construyó la identidad de México

Ana Maria Battistozzi, profesora de la Universidad de Palermo, analiza la nueva exhibición del Malba.



El arte que construyó la identidad de México

Un par de días antes de que la ciudad lanzara la gran fiesta del arte del pasado fin de semana con la superposición de arteBA- Focus, La Noche de los Museos, Art Basel Cities Buenos Aires y sus infinitos eventos colaterales, el Malba se adelantó en la convocatoria de multitudes. Más de dos cuadras de cola se formaron el día de la apertura de México Moderno. Vanguardia y Revolución. Si la promesa del encuentro con Frida Kahlo, Rivera, Orozco y Siqueiros es de por sí tan seductora que garantiza entusiasmos de esa talla, en esta ocasión se sumó el festejo del Día de Muertos y el museo montó un altar popular en su explanada. La fiesta popular, característica de la cultura mexicana que produjo imágenes tan potentes como los grabados de José Guadalupe Posadas, presentes en esta muestra organizada en torno de conceptos heroicos de la modernidad artística latinoamericana, siempre es bienvenida y estimada por el público porteño.

A poco que se la recorre es posible advertir que la muestra ofrece bastante más que unos cuantos artistas taquilleros. Se diría que su objetivo principal apunta a un panorama integral de las diferentes vertientes que confluyeron en lo que se ha dado a conocer como “identidad artístico-cultural mexicana”. Una fuerza de peso que creció al tiempo que el país se constituía como Estado nacional.

De todas las entradas posibles, los enigmáticos desnudos de Julio Ruelas (“La domadora”, de 1897) y Angel Zárraga (“Bailarina desnuda”, de 1907) constituyen fascinantes disparadores visuales para una “Modernidad cosmopolita”, el primero de los cuatro núcleos que ordenan la muestra temática y cronológicamente. Tan bellas como perturbadoras, estas pinturas anuncian el sofisticado fermento simbolista que pudo sentar de manera muy temprana las bases de un surrealismo mexicano al que este conjunto, que ocupa cuatro salas, dedica un capítulo especial. Vale la pena detenerse en las ilustraciones simbolistas de Julio Ruelas, artista poco conocido en estas geografías pero representado en este conjunto, que permite establecer nexos con la poderosa vertiente mexicana del movimiento que atrajo a figuras tan disímiles como Artaud, Trotsky, Eisenstein o Breton.

Otro dato de interés que despliega este núcleo tiene que ver con las sucesivas adscripciones estilísticas que tuvo Diego Rivera en los años de su formación europea, tal como se lo puede seguir aquí en el tránsito que realizó entre 1910 y 1915. Del simbolismo que define la elegante figura de dandy con fondo vibracionista en el retrato de Adolfo Best Maugard (1913) a las disecciones cubistas de los retratos de Martín Luis Guzmán y Ramón Gómez de la Serna, ambos de 1915, es evidente que su interés se dispersó por la vasta escena de vanguardia europea. Cabe señalar esta última pintura como una de las piezas clave de la colección del Malba. Hasta hace poco pieza central en la muestra patrimonial Verboamérica, de la que debió apartarse para pasar a integrar este significativo conjunto formado por 170 pinturas, dibujos y grabados.

Aunque la mayor parte de ellas procede del Museo Nacional de Arte de México (MUNAL), incluye también obras del Museo de Arte Moderno mexicano, del Carrillo Gil, de la Fundación Blaisten y también de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes, que hizo un importante aporte de su acervo fotográfico. Hay también un par de piezas que pertenecen al MoMA de Nueva York, que facilitó “Fulang-Chang y yo” (1937), uno de los célebres autorretratos de Frida Kahlo, que incluye un marco y un espejo artesanal oaxaqueño. Dispuesto junto a la imagen de Kahlo, este pequeño espejo refleja la imagen del visitante en sintonía con los postulados surrealistas que delinean otro de los núcleos temáticos de la exhibición.

La Revolución social, tan asociada a la historia de México del primer cuarto de siglo XX, es otro de los núcleos. Uno de los primeros en retratar el drama de la Revolución desde una impronta Goyesca fue Francisco Goitia. Pero no será sino hasta los años veinte que la historia de México y su participación social encontrarán expresión heroica en el muralismo. Será la presidencia de Alvaro Obregón la que se encargará de facilitar las condiciones económicas e institucionales para que una producción de esas características adquiriera la importancia y proyección internacional que alcanzó. Como es sabido, fue ese el marco propicio –en el que José Vasconcelos, secretario de Educación Pública tuvo tanto que ver– para que Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros desarrollaran su talento. Y no sólo ellos sino también toda una generación de artistas extranjeros como el guatemalteco Carlos Mérida, el francés Jean Charlot y el japonés Isamu Noguchi.

La exhibición del Malba sólo incluye lo que tal vez pueda ser considerado un capítulo menor de la épica muralista pero suficiente como para calibrar la intención de su potencia. De Siqueiros, bastaría con una obra como “El coronelazo”, su autorretrato de 1945, sin duda más militante y distante de los juegos formales que articularon la pintura que realizó para la quinta de Botana. Pero está también “Accidente en la mina”; de 1931 la pintura sobre masonite y también el boceto en dibujo que es propiedad de Malba. Una obra claramente definida por la opción social indigenista del artista. Hay varias más, como el oscuro retrato de María Aúnsolo bajando la escalera de 1935, pero seguramente demasiado elegante como para encarnar el perfil político que Siqueiros gustaba dar de sí mismo. Hasta aquí la retórica que los describe, tanto a él como a Rivera, a través de varias obras icónicas dispersas en los distintos núcleos de la muestra. De este último es imposible no destacar “Vendedoras de alcatraces”, de 1943, y los paneles de “Río Juchitan”, de 1953. Dos obras tardías en las que Rivera pareciera insistir con la clave del éxito extendido que logró en años anteriores.

Del trío de muralistas seguramente es Orozco el que se muestra a los ojos de hoy como el más suelto en los formatos que habilita un conjunto de estas características. Sólo hay que acercarse a obras como “El desmembrado”, “Cabeza flechada” o “Muerte por resurrección” para evocar la versatilidad de este artista que ya puede hacer abarcar ciclos murales como los de Guadalajara de enorme maestría compositiva y fuerza de color.

Entre los elegidos de esta exhibición pueden rescatarse los impactantes paisajes de Gerardo Murillo, conocido como Dr. Atl, un sobrenombre que según se ha dicho le puso Leopoldo Lugones durante una estadía compartida en París. La fuerza compositiva y el color de sus diferentes versiones del Paricutin en erupción lo colocan en el primer plano de la pintura mexicana que permanece poco conocida por el público de estas latitudes. Capítulo aparte no del todo explicitado es el que ocupa la representación femenina en la pintura, el dibujo, el grabado y la fotografía. Imágenes desde Ángel Zárraga, José Guadalupe Posadas, Frida Kahlo, Nahui Olin, Siqueiros a Manuel Alvarez Bravo, Cartier-Bresson, Modotti y Weston la abarcan en todos los tipos físicos y rangos sociales que se puede imaginar.


México moderno. Vanguardia y Revolución
Lugar: Malba, Av Figueroa Alcorta 3415
Fecha: hasta el 19 de febrero de 2018
Horario: juev a lun, 12 a 20, miérc, 12 a 21
Entrada: $120; est, doc y jub, $60; mierc, $60.