En busca de la frontera sin fin

Ensayos sobre el MIT y el rol de las universidades de investigación
  • Descripción del libro
  • Sobre el autor
  • Presentación en la UP

Charles Vest se dedicó con particular énfasis a desarrollar la enseñanza de grado, expandir las estrategias de investigación del MIT en nuevas direcciones, dar una dimensión internacional a los programas de enseñanza, ampliar las relaciones con la industria y promover la diversidad en las aulas y laboratorios.

El libro reúne los discursos de Charles Vest durante su gestión como presidente del MIT. Sus mensajes retoman los temas principales a los que el autor se dedicó durante su presidencia en la institución: las relaciones con el gobierno federal y con los gobiernos estatales, la expansión de la investigación, el fortalecimiento de los vínculos con la industria, el rol central de la enseñanza de grado en una universidad y la promoción de la diversidad en las aulas, tanto entre estudiantes como entre docentes. Todo este recorrido está atravesado por el énfasis sostenido en el aporte que el MIT puede hacer a un sistema de innovación en los Estados Unidos.

Charles M. Vest
Presidente de MIT: Massachusetts Institute of Technology (1990 - 2004)

Es ingeniero especializado en mecánica, a lo largo de su carrera combinó la actividad académica con una marcada participación política y pública. Integró distintas comisiones asesoras del gobierno norteamericano en temas como las políticas científicas, la competitividad de los Estados Unidos en ese campo, las armas de destrucción masiva y el futuro de la educación superior. Fue Presidente del MIT entre los años 1990 y 2004.

El libro “En busca de la frontera sin fin” fue presentado en la Universidad de Palermo por tres especialistas formados en ciencias básicas, abocados hoy a la gestión universitaria: Luis María Fernández, vicepresidente de la CONEAU, Daniel di Gregorio, vicerrector de la Universidad Nacional de San Martín, y Uriel Cukierman, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Palermo.

Luis María Fernández: Sabemos que el MIT es una de las universidades más importantes de los Estados Unidos, comparable con la famosa “Liga de la Hiedra” (NR se denomina así a un grupo de universidades que tienen en común connotaciones académicas de excelencia así como de elitismo por su antigüedad y admisión selectiva) las universidades grandes de los Estados Unidos, que junto con el MIT y Caltech posiblemente sean la esencia de la investigación y de la ciencia en los Estados Unidos y el mundo.

Existen dos modelos extendidos mundialmente, que no se contraponen, pero tienen diferencias: el modelo alemán, que tiene por un lado la educación y por otro los grandes institutos de investigación, y el modelo americano, que se basa en ubicar dentro de la misma institución la investigación, la docencia y la formación de profesionales. Personalmente, prefiero el sistema que integra, que es el que describe el autor en el libro: muestra cómo en una universidad de investigación, ésta se traslada a la formación de los profesionales y, en este caso, a los ingenieros. Se trata de una universidad que promueve conocimiento científico y desarrollo, pero también forma profesionales. Eso es lo importante y lo interesante: de qué manera integran la investigación y la formación profesional.

Considero que debemos encarar las cosas no tanto por la formación de ese individuo hacia la profesión, que en algún momento va a tener que adquirir, sino en la formación básica del profesional, de manera que esté en condiciones de continuar aprendiendo y estudiando.

Otro tema importante que se plantea en el libro refiere al financiamiento de los estudiantes. Vest dice: ¿a quién financiamos? ¿A los buenos estudiantes, para que se conviertan en estudiantes e investigadores brillantes, o a aquellos que lo necesitan? Es una cuestión que está en discusión. Hay quienes plantean “financiar la excelencia” y quienes defienden financiar las deficiencias económicas. En los dos casos estamos hablando del bien común, porque ambos implican formar un graduado de muy buena calidad. Pero si también financiamos para que mucha gente pueda estudiar y pueda llegar a profesionales con capacitaciones que una universidad de investigación le puede dar, también lo estamos haciendo. Es una verdadera disyuntiva.

“En busca de la frontera sin fin” es un libro que, a quienes estamos en el sistema universitario argentino, nos da muchísima información e ideas que deberíamos utilizar para el desarrollo de nuestra universidad.

Daniel Di Gregorio: La lectura del libro me dio lugar a buscar otras fuentes de información para situar a la universidad del MIT en contexto histórico. Soy físico y me gustan los datos y su análisis. El MIT fue creado durante la Guerra Civil norteamericana, pero se puso en funcionamiento al finalizar la misma, en 1865. Contemporáneamente al MIT se crearon otras universidades: Stanford, Universidad de California y Caltech. Estas cuatro son las primeras en el ranking de ingeniería y ciencias duras en el mundo y, por supuesto, en los Estados Unidos. Cuando hablamos del MIT nos referimos a una universidad de investigación que cuenta con 11.200 estudiantes, de los cuales el 60% son de posgrado. Para abarcar ese plantel de estudiantes, el MIT tiene 11.000 empleados: los faculty members (que son equivalentes a nuestros profesores titulares, asociados y adjuntos) son un núcleo de 1.020 profesores, a los que se le suman otros 730 que son JTP, ayudantes, profesores eméritos, profesores invitados, etc. Es decir, los que enseñan son aproximadamente 1.750 docentes, por lo tanto la relación docente-alumno es de 1 a 8.

Además, el MIT ha producido, en toda su historia, 78 premios Nobel, tiene en su plantel docente a más de 70 miembros de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos y más de 60 miembros de la Academia de Ingeniería de Estados Unidos.

El presupuesto del MIT del año 2012 fue de 2.800 millones de dólares. Si lo comparamos con el dólar oficial, hoy en día a $8 y con el presupuesto asignado por el Congreso de la Nación a nuestro sistema universitario nacional para el 2013, que fue de 23.000 millones de pesos a fines del año pasado, se demuestra que el presupuesto del MIT equivale al total del sistema universitario público argentino.

Cuando hablamos de una universidad de investigación como el MIT estamos en presencia de una institución que cuenta con un plantel de 3470 investigadores que se suman a los 1.750 docentes que dan clases, todos ellos full time, que también realizan investigaciones. Es decir, más de 5.200 personas dedicadas a la investigación, que constituye casi el 50% del total de sus empleados. Es por eso difícil comparar al MIT con alguna universidad del sistema de gestión pública y privada argentino porque estamos hablando de otra escala.

De acuerdo a lo que anuncia el libro, con el fin de la Guerra Fría (caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989) el MIT empieza a tener problemas, justo cuando Charles Vest se hace cargo de la presidencia, que dura 14 años, desde mayo de 1990 hasta diciembre del 2004. En ese entonces hay una fuerte restricción presupuestaria de fondos, que el gobierno federal impone a través del Departamento de Defensa.

Los subsidios más importantes, más allá de los que hay del sector privado, vienen del gobierno federal, canalizados a través del Departamento de Energía y del Departamento de Defensa. Es decir, el desarrollo tecnológico de este tipo de universidades o laboratorios nacionales tiene un fundamento porque es patrocinado fuertemente por el gobierno, que diseña políticas, y por la industria, que demanda esos esfuerzos en desarrollos científicos tecnológicos.

Justamente a partir de la conclusión de la Guerra Fría las universidades norteamericanas comenzaron a tener problemas de financiamiento. Por eso hay que mirar a esta universidad, que es el mejor ejemplo de formación de ingenieros, de científicos y técnicos en el contexto de la historia reciente de la humanidad.

Uriel Cukierman: Antes de empezar a leer el libro pensé que se trataría de un texto que tendría poco que ver con la realidad que vivimos hoy en día en las aulas argentinas y en las facultades de Ingeniería, y me preguntaba cómo la experiencia de un presidente de una universidad como el MIT podría aportarme alguna enseñanza en una realidad social y económica tan diferente como la que tenemos nosotros con respecto a los Estados Unidos. Sin embargo, muchos de los desafíos que plantea Vest en el libro me resultaron muy familiares y, más aún, muchas de las soluciones que el autor encaró durante su gestión me resultan muy inspiradoras para mi trabajo al frente de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Palermo.

Recogí algunos textos particulares del libro para leer. Cuando terminé el libro me pregunté de qué manera podía entusiasmar a la audiencia para que lo leyera y me pareció que la mejor forma era tomando algunas de las frases que el autor escribió y que más me impresionaron. Vest habla de Estados Unidos, pero creo que resulta aplicable a Argentina: “necesitamos un cambio en la cultura de este país, una revolución en la actitud sobre la importancia de la educación y en particular de la cultura científica y matemática” y más adelante asegura “tenemos que infundir en nuestros estudiantes de Ingeniería un creciente respeto y disfrute hacia el diseño de una producción eficaz, eficiente, que tenga una aceptación social” y finalmente concluye “el país necesita hombres y mujeres jóvenes ampliamente educados para ser líderes de la próxima generación. La comprensión de la ciencia y la tecnología es sin duda parte de lo que esos líderes deben poseer; del mismo modo, aquellos que practican ciencia y tecnología necesitan una comprensión cada vez mayor del mundo en el que van a trabajar y deben ser capaces de contribuir, con prudencia, a las políticas que afectan al desarrollo y a los usos de la tecnología”.

Así, durante la lectura fui encontrando ideas que me resultaban muy familiares referidas al mismo tema. Hace unos años titulé un artículo “Educación y tecnología: los desafíos de la era digital” y en los textos de Vest encontré antecedentes y similitudes con nuestros propios desafíos. Entonces permítanme volver a citar a Vest cuando interpela al lector con el siguiente interrogante: “¿pertenecen el futuro de la educación y del aprendizaje y la formación a un nuevo entorno digital basado en la máquina? ¿o el aprendizaje seguirá siendo un objetivo profundamente humano, llevado a cabo de persona a persona en un campus?”. Seguramente si yo les pidiera que levantaran la mano por una u otra opción no todos elegirían la misma. Sin embargo, lo que responde el autor es, a mi criterio, lo más acertado: “ambas preguntas tienen un sí como respuesta”, pero luego advierte “sólo pido dos cosas mientras las universidades encuentran su camino en la era digital: en primer lugar nuestro énfasis debe estar puesto en una cosa, la mejora del aprendizaje, en segundo lugar, desde el primer día tenemos que construir una serie de evaluación desde la eficacia educativa a nuestros experimentos”.

Como dije al principio, mi intención era tratar de alentarlos a que lean el libro y recomendárselos, especialmente a quienes están dedicados a la educación en Ingeniería, sean responsables de la gestión, sean docentes o investigadores. Creo que todos van a poder encontrar en el libro una guía interesante, sino para seguirla por lo menos para debatirla y para derribar preconceptos o prejuicios inalterados. Las cuestiones que se plantean en este libro pueden resultarnos muy útiles para desarrollar la educación de Ingeniería de la mejor manera.



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