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Sección: Zona / Páginas 38-39
Publicación: Domingo 14 de marzo de 2010
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Entrevista a: Michael Shifter, Presidente de la Inter American Dialogue (IAD), expositor invitado de la Universidad de Palermo.
0bama subestimó las dificultades de la agenda para América Latina
MICHAEL SHIFTER POLITOLOGO ESTADOUNIDENSE, PRESIDENTE DEL DIALOGO INTERAMERICANO: Obama no logró hasta ahora cambiar las percepciones erróneas e intereses creados que siguen condicionando las relaciones entre Washington y una parte importante de América latina.

Por Fabián Bosoer

Las mayores diferencias entre Washington y una parte de América latina se basan más en malas percepciones recíprocas que en intereses enfrentados o contradictorios. El problema es que esas percepciones están muy influidas por los grupos de presión conservadores que siguen teniendo una visión conflictiva de las relaciones hemisféricas, remanente de la Guerra Fría. En ese contexto se explica la decepción con Obama en la región luego de un demasiado repentino "encantamiento". Las distancias siguen siendo mayores que las convergencias, pero figuras y gestiones como la del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, ayudan a evitar que la brecha se agrande más. Este es el análisis del politólogo Michael Shifter, profesor de la Georgetown University y uno de los principales especialistas en las relaciones de EE. UU. con América latina. Es actualmente el presidente del Diálogo Interamericano, influyente think tank de las políticas hemisféricas, y estuvo en Buenos Aires, invitado por la Facultad de Derecho de la Universidad de Palermo.

El golpe de Estado en Honduras, la catástrofe en Haití, el terremoto en Chile ... ¿Qué más hace falta para que América latina despierte otra clase de atención y relevancia en las agendas de Washington?
­Son acontecimientos muy distintos aunque todos inesperados.
Creo que el gobierno de Obama ha reaccionado con bastante previsibilidad, tal vez no como la región hubiera esperado dadas las expectativas iniciales. Existe una evolución, a mi criterio demasiado lenta, en el sentido de tomar América latina más en serio y dejar atrás esa vieja idea de "patio trasero" de los EE. UU., esa mentalidad paternalista que persiste. Tiene que haber una concepción más sofisticada de la región, así como también de las diferencias entre los países. Hay alguna tendencia a pensar en América latina y los EE. UU. como si fueran bloques monolíticos, o en el primer caso, un conjunto muy diverso sin intereses propios, y creo que esa es una visión equivocada y superada por la realidad.

Hace un año, en la cumbre de las Américas, Obama y Hillary Clinton anunciaron un nuevo camino en las relaciones hemisféricas. ¿Qué quedó de aquel primer impulso?
­Creo que empezó con las mejores intenciones y con la articulación de buenos conceptos y metas positivas. Creo también que la implementación de esas metas no fue tan exitosa como se esperaba, hubo varios imprevistos en el camino. Obama subestimó la magnitud de las dificultades de la agenda para América latina y no terminó de armar equipo para la política hemisférica hasta muy tarde, avanzado el año.

­ ¿El golpe en Honduras fue otro ejemplo de crisis imprevista y subestimada por Washington?

­ Ese golpe presentó un desafío inesperado para Obama. El quería marcar su diferencia con Bush: hubo una fuerte condena del golpe, alineada con los otros países de América latina, indicando que así no se cambian los gobiernos.
Se creía que eso marcaría un nuevo camino. Luego surgieron diferencias entre Obama y otros gobiernos de la región, se subestimaron la resistencia del gobierno de facto y los apoyos con los que contaba, y eso llevó a que se fuera imponiendo la tendencia hacia el pragmatismo. Luego hubo un empeño en solucionar el problema a través de elecciones que lograron arribar a un resultado bastante razonable.

¿Hubo entonces un error de diagnóstico en la crisis hondureña?
­Se podría haber manejado mucho mejor. Creo que su error principal fue no mantener el enfoque inicial y un compromiso continuo con Honduras, trabajando con otros gobiernos de la región. Hubo momentos de participación y después de mayor prescindencia Hubo una actitud en Washington de decir "este problema se va a resolver" con gestos y misiones de buenos oficios, y subestimaron la importancia del tema para América latina. La administración Obama no apreció que este era un tema de mucha importancia para muchos latinoamericanos.

­ De lo que comenta se desprende la importancia que tienen las percepciones mutuas, equivocadas o no.
¿Cómo percibe la administración los problemas latinoamericanos?

­Creo que fue sincero Obama, cuando las cosas no salieron como se esperaba en Honduras, y él señaló con cierta perplejidad: "nos critican cuando intervenimos, y también cuando no intervenimos". Esa es la percepción más genuina, la de una incomprensión recíproca. En Washington, hay actores que simpatizan con América latina y tienen la actitud de que algo se puede solucionar por sí mismo simplemente dejándolo en manos de los latinoamericanos, dicho así genéricamente, y se quedan al margen del tema. Así, quienes terminan manejando siempre las cosas son los sectores tradicionales que tienen los más fuertes intereses creados: las grandes corporaciones, el complejo militar, los lobbies de las minorías. Esto suele conducir a visiones parciales y errores, pero lamentablemente refleja una actitud muy arraigada.

Otra percepción es aquella que dice que la mejor política latinoamericana de los EE. UU. es la ausencia de política, dado que cuando ella se explicita aparecen el intervencionismo, la cuestión geopolítica y las amenazas por encima de las asociaciones estratégicas. ¿Es posible plantear una agenda positiva de los EE. UU. hacia la región?

­Hay un problema histórico y estructural insoslayable: la enorme disparidad de poder, que genera una desconfianza muy difícil de manejar. Es un problema de fondo y EE. UU. tiene que encontrar el punto de equilibrio, tener una participación atenta y ser amigos con América latina, sin pretender imponer soluciones ni fórmulas, pero tampoco retirarse. EE. UU. es también un socio y un aliado potencial en muchas áreas.

El balance de este primer año en relación a la política hemisférica da cuenta del fuerte condicionamiento doméstico, tanto dentro del Estado como de los lobbies y los intereses corporativos, ¿Cuánto ha quedado prisionero Obama de esta trama de intereses y presiones? ­
Bueno, esta tal vez ha sido la mayor frustración de su primer año porque uno de los principales puntos de su campaña, y uno de los motivos por los que fue elegido presidente, es que iba a cambiar la manera de hacer política y las costumbres de Washington. Y la verdad es que el clima político en Washington ha cambiado ... pero para peor. Hoy en día vemos estos movimientos de opinión muy conservadores que reflejan rabia contra Washington. Los pilares del establishment son igual de fuertes, los partidos son muy poco cooperativos. Creo que hasta ahora Washington ha resistido cualquier intento de Obama de cambiar su manera de actuar.

¿Y sobre la última Cumbre del Grupo de Río ampliado en Playa del Carmen, en la que se anunció la creación de una Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CERC), cuál es su impresión? ¿Es posible hablar de un nuevo bloque regional latinoamericano?
­La idea de crear una "OEA sin EE. UU." no es nueva. Es un concepto, más bien una aspiración colectiva, que lleva muchos años. Todavía no están muy claros sus propósitos fundamentales, ni cómo va a funcionar o financiarse.
Además, aun dejando de lado las tensiones con los EE. UU., parece que la región no está viviendo su mejor momento con respecto a unidad política o alta confianza entre distintos gobiernos, lo cual podría afectar la eficacia de la nueva organización. Sin embargo, políticamente esta Comunidad refleja una realidad: expresa una región más segura de sí misma y presenta un desafío para la OEA. Los dos organismos pueden ser complementarios y compatibles. Mi impresión es que la mayoría de los países en la región desean su propio espacio para trabajar posiciones regionales, pero también buscan instancias en las cuales los EE. UU. participen activamente.
Para ese fin, a pesar de sus defectos, la OEA todavía representa el único mecanismo multilateral para tratar una agenda hemisférica. Está por verse si tanto los EE.
UU. como otros estados miembros están dispuestos a tomarla suficientemente en serio.

­El secretario general de la OEA fue elegido sin el apoyo de los EE.UU. y ahora su reelección tampoco recibe las simpatías de Washington, principalmente por críticas de los republicanos. ¿Cuál debería ser la posición de los EE. UU. respecto de la continuidad de Insulza?
­Yo creo que la política de José Miguel Insulza ha sido positiva, y positiva también para EE. UU., en muchos sentidos, a pesar de las dificultades y diferencias. Es un hombre apoyado por Brasil, Argentina y Chile, y sería una señal importante para EE. UU. sumarse a este grupo y mostrar que los críticos a Insulza no van a definir la agenda. Ojalá que lo apoyen; sería un error que no lo hicieran. Creo que es un político de mucha calidad y una figura capaz de construir puentes y conciliar intereses y posiciones de gobiernos con distintas ideologías; un socialista pragmático, moderado. Alguien más afín a los intereses de los EE. UU. no sería la mejor ayuda para los EE. UU. y alguien con un perfil más bajo no sería lo mejor para el organismo. De todos modos, no parece que haya interés en presentar otras candidaturas tampoco.
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