La uberización de la economía

Gabriel Foglia, Decano de la Facultad de Ciencias Económicas UP, analiza el fenómeno Uber desde una perspectiva económica.



En las últimas semanas, se ha generado un fuerte debate sobre el desembarco de Uber en la Argentina. Cada uno de nosotros tiene una opinión al respecto —claro, somos argentinos— y las discusiones incluyen diferentes ideas: si las leyes lo amparan o no, qué ocurre con los aspectos impositivos, si el servicio es mejor o peor, si estamos en contra o a favor de la innovación... Y la lista sigue y se multiplica.

Uber es una empresa de tecnología valuada en más de setenta mil millones de dólares, un número mayor al de gigantes de la industria del transporte como Ford (51 mil millones) o General Motors (47 mil millones). Google Ventures es uno de sus principales inversores. Al ser una compañía privada, no hay información financiera pública. De acuerdo con un informe de Bloomberg, los ingresos netos de Uber en el tercer trimestre de 2015 fueron 498 millones de dólares (se considera ingreso neto lo que percibe Uber luego de pagarles a los conductores). Sin embargo, la empresa por el momento no es rentable: tuvo en ese período una pérdida financiera neta de 697 millones de dólares y se estima que durante 2015 perdió más de dos mil millones.

La revolución Uber es similar a la que produjeron varias compañías con anterioridad: Amazon, Facebook, Groupon, Netflix, etcétera. La combinación de datos en tiempo real —gracias a los celulares—, pagos virtuales, gratificación instantánea y precios dinámicos es un anzuelo irresistible para los inversores. De ahí al siguiente nivel hay un solo paso: ¿qué otra industria se puede uberizar?

Cientos de emprendedores e inversores se lanzaron a la conquista. Algunos ejemplos: servicios para gente que se muda, filmación con drones, mucamas por hora, veterinarios a domicilio, delivery de pizza, masajes, mantenimiento de automóviles, etcétera. Por ejemplo, Airbnb, mercado comunitario para publicar y reservar viviendas, genera los mismos conflictos que Uber. Sin embargo, hoy se ha transformado en el hotel virtual más grande del mundo.

Incluso existe una empresa de informática que ofrece software que permite crear Uber para la industria que el cliente quiere. Es decir, ofrece crear una aplicación móvil que reúna oferentes y demandantes de un determinado producto o servicio en tiempo real, a un costo muy bajo.

Por un lado, la tecnología permite sacar intermediarios en muchos mercados que anteriormente estaban altamente regulados o en manos de cárteles. Por otro lado, el mundo del trabajo se está moviendo hacia alternativas menos rígidas (trabajos por proyecto, a tiempo parcial, autoempleo, etcétera). Mediante un teléfono celular podemos conseguir que alguien haga aquello que no queremos hacer personalmente a cambio de un pago.

Ronald Coase publicó La naturaleza de la firma en 1937, trabajo por el cual obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1991. Intentó responder una pregunta simple: ¿por qué existen las empresas? El núcleo de su respuesta radicó en los "costos de transacción". Si un consumidor debe ir al mercado a buscar cada una de las cosas que necesita, incurre en grandes ineficiencias. Por ejemplo: es más sencillo ir a una mueblería a comprar un mueble que ir a comprar la madera y contratar a un carpintero.

Según Coase, las empresas logran disminuir los costos de las transacciones en beneficio del consumidor. Sin embargo, y siguiendo su teoría, a medida que las empresas se vuelven más grandes empiezan a generar nuevos costos por sí mismas y se vuelven no competitivas. En ese punto, las fuerzas del mercado y los emprendedores dan lugar a nuevas compañías que bajan los costos de transacción. La lucha de los emprendedores por reducir los costos de transacción no ha comenzado con Uber; la única diferencia es que en la actualidad hay un celular en la mano de cada usuario, que a su vez está asociado a un medio de pago.

Coase falleció en 2013, a los 102 años. Muy probablemente nunca utilizó Uber, pero estaría orgulloso de comprobar cómo su teoría, casi 80 años más tarde, se ajusta perfectamente a la realidad.

El autor es Decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Palermo.



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