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Una agenda silenciosa, pero con mucho ruido
16/06/2017

Una agenda silenciosa, pero con mucho ruido

Análisis sobre la contaminación acústica en Buenos Aires, a partir del estudio realizado por Cesba y la Universidad de Palermo.

Una agenda silenciosa, pero con mucho ruido

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más del 50% de la población mundial vive en zonas urbanas y se estima que para el año 2050 lo hará el 70 por ciento. Sin dudas, la vida en comunidad supone beneficios económicos, sociales y culturales, pero también ruido.

Este ruido no es un simple efecto colateral del hecho de vivir en sociedad, sino que ya desde 1972 la OMS catalogó a la contaminación acústica como un tipo de contaminación más, como consecuencia adversa del crecimiento demográfico y el desarrollo de las grandes urbes.

El Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires (Cesba) realizó, junto con la Universidad de Palermo (UP), estudios para analizar el nivel de contaminación acústica en la Ciudad de Buenos Aires a partir de muestras de sonido en algunos puntos de la Ciudad.

En primer lugar, el estudio muestra valores de contaminación acústica más altos que en el año 2016. En la Ciudad, hubo un aumento generalizado de los decibeles, medida que, en otras palabras, significa "más ruido".

Por ejemplo, en el caso de una esquina emblemática como Cabildo y Juramento, los resultados no son buenos. En 2016 se registraron durante el día 69,40 dB, mientras que este año aumentó a 72,54 dB. Por la noche las cifras tampoco son alentadoras, ya que, mientras el año pasado se registraron picos de 67,70 dB, este año fueron de 71,58 dB.

Estos niveles de contaminación sonora exceden los límites establecidos por la ley 1540, que regula el nivel de presión sonora admitida en la Ciudad. Esa misma ley plantea la elaboración de un mapa del ruido: acción que no se está cumpliendo, más allá de las promesas de avance.

¿Qué sucede en otras ciudades del mundo? Ámsterdam, por ejemplo, cuenta con el tercer aeropuerto más grande de Europa y la contaminación sonora constituía un problema acuciante para los habitantes de sus adyacencias. Por ello, en octubre de 2013 y por iniciativa de la Organización Holandesa para la Investigación Científica Aplicada, se inauguró un campo de 36 hectáreas alrededor del aeropuerto, repleto de relieves para que el sonido rebotara y se dispersara. El terreno cuenta con surcos y crestas que forman una especie de barrera, la cual produce que se reduzca diez decibeles el nivel del ruido que llega a las poblaciones cercanas.

Copenhague, ciudad que se ha caracterizado siempre por ser pionera en temas medioambientales y ecosustentables, fue el escenario de la promulgación de una ley que obliga a emplazar vegetación en las azoteas de los edificios. Las azoteas verdes sirven como barrera para la contaminación acústica en zonas comerciales y reducen notablemente el ruido al interior de los edificios. De esta forma se une a Toronto (Canadá), que ya tenía una legislación de este tipo, y Suiza, país en donde las edificaciones nuevas deben tener cubiertas verdes.

En segundo lugar, el estudio realizado por el Cesba y la UP también destaca que, en el 2011, se registraron 74,12 db en el Aeroparque Jorge Newbery, mientras que este valor descendió a 66,11 db en el 2017. Entre otras cosas, este descenso en los niveles de ruido se ve directamente relacionado con el uso de nuevas tecnologías en los motores de las aeronaves, lo que evidencia que el fenómeno del ruido no es una problemática que deba ser tratada únicamente desde el Estado. Por el contrario, la responsabilidad de las empresas cuyos productos son fuente de contaminación sonora debe ser asumida: el conjunto de individuos y organizaciones juega un papel clave al momento de construir una Ciudad menos ruidosa.

Queda claro que la solución no puede ser individual, ya que ningún esfuerzo aislado puede ser eficaz en el tratamiento de la contaminación. Para evolucionar, toda respuesta al problema debe ser colectiva.