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Ana Torrejón:

Diseño y Comunicación

Ana Torrejón: "Tengo el deber de educar a otros en la sensación"

Su misión es: "Construir un relato visual, con un marco, para plasmar un concepto: el de la moda en la Argentina."

Un lugar donde uno puede ver arañas en las piedras. Así dice Ana Torrejón que es su Puerto Madryn natal, esa ciudad onírica que la vio crecer sin televisión, rodeada de libros, montañas y mucho, mucho tiempo libre. Si Balzac y Mujercitas moldearon su infancia y despertaron una imaginación que buscaba corsets o galletas de jengibre en la meseta patagónica, su abuela Pepita y su tía egresada de la Escuela de Moda de Viena le transmitieron algo que la acompañaría por siempre: el buen gusto.

Pelo a la garçon, negro impoluto y labios rojos han hecho de su estilo una marca registrada, casi como las pieles y gafas de su ¿colega? Anna Wintour, la mítica directora de Vogue que, dicen, inspiró a Meryl Streep a la hora de componer al personaje de El diablo viste a la moda.

Actual directora de la versión vernácula de Harper's Bazaar, Torrejón fundó también la galería de arte Dabbah Torrejón y estuvo al frente de la comunicación de Hermès, un ícono del lujo contemporáneo. Hoy, reparte el tiempo entre su hijo Clemente, de once años, su trabajo en la revista y las clases de imagen y estilo que dicta en la Universidad de Palermo. "Tengo una misión -afirma-. Construir un relato visual, con un marco, para plasmar un concepto: el de la moda en la Argentina."

Se la ve relajada en los sillones de Helena, el restaurante del Four Seasons que eligió para la entrevista. Tal vez por eso, en un tono susurrado, confiesa: "Me gustan mucho los hoteles, mi plan perfecto sería vivir en uno porque yo puedo prescindir de casi todo".

-"A la moda la mata la tilinguería", dijiste alguna vez...

-Absolutamente. La tilinguería es más parecer que ser, y eso mata a la moda. Es hasta cruel: existen pareceres que van encorsetando a la sociedad. Los prejuicios no ayudan a ninguna sociedad.

-¿Qué tipo de prejuicios?

-Y, que uno a tal evento tiene que ir así, que a tal edad tiene que vestirse de tal manera... ¡Los protocolos indumentarios del siglo XIX a esta parte cambiaron muchísimo!¡Las personas cambiamos!A mí me gusta pensar, cuando me preguntan qué se usa, que se usa la alegría del vivir, la honestidad, el parecerse a uno mismo.

-Pero ¿en tus parámetros no cabe el estar bien o mal vestido?

-Es que si yo hago ese análisis, lo voy a hacer en términos más profundos. Si alguien exhibe un uso de ciertos elementos que significan factores de violencia, por ejemplo, eso no lo voy a avalar. Digo, el uso de una esvástica en una prenda, o si usan el símbolo de San La Muerte porque lo ven divertido o canchero, eso no lo avalo. Y si tengo que opinar, voy a hacerlo viendo alguna ley de la armonía, algún sentido de la ubicuidad. No es el tema que más me interesa desarrollar.

-¿Y si te piden consejos?

-Trato de ser muy confidente de esa persona, aunque sea un completo desconocido. Esta semana me mandó un tuit una chica que tenía una reunión de trabajo. Le contesté porque su relación era afectuosa y cordial conmigo. Trato de profundizar en la esencia de la persona. No creo que uno pueda intervenir sobre la imagen de otro a partir de datos fríos o técnicos. Soy una convencida de que el hábito hace al monje, pero el monje hace al hábito. Todos tenemos un ADN, que es nuestra forma física, que viene de aquellos antepasados que nos precedieron. Es importante nuestra forma física, después decidiremos qué hacemos con ella. Luego están nuestras emociones, y por último los condicionantes socioculturales. Entonces, son todas operaciones que hay que hacer con mucho juicio, no tan livianamente.

-Que la moda construye identidad es sabido, pero vos lo relacionaste con la ley de identidad de género...

-Sin lugar a dudas. Yo creo que la sexualidad no es un hecho biológico, es una construcción cultural, identitaria. Pensando en la ley de identidad de género, hay personas que han investido sus deseos y su propia identidad a través de la indumentaria. Por eso a futuro, quizás, hay que plantearse si seguirá habiendo negocios para hombres y mujeres o si de acuerdo con la sensibilidad se va a ir eligiendo. Es un proceso interesantísimo, cargado de humanidad. Ahora, sin ir más lejos, estamos siendo testigos del caso de una criatura que a los 6 años ya puede hablar de su identidad, porque se considera niña y se viste como tal. La moda sirve para muchas cosas: es un lenguaje cargado de significado.

-¿Qué pensás de Anna Wintour, de los rumores que la pintan como una mujer autoritaria?

-Wintour es una mujer muy inteligente, y con respecto a los rumores, creo que cada actividad tiene su propio folk. Lo que yo hago con los análisis de las personas que no conozco es tratar de ser lo más técnica posible: la evolución de Vogue, Anna Wintour mediante, ha sido extraordinaria; es una profesional destacada, metodológica, se nota que tiene una raíz periodística, tiene un pensamiento propio, muy desenfadado, y nos ha enseñado, al periodismo especializado, un montón de cosas. Al igual que Hélène Gordon-Lazareff, que inventó la primera revista para una mujer moderna, en la posguerra francesa. Ella era etnógrafa: yo aprendí muchísimo viendo la colección antigua de esas revistas. Lo que otros pueden decir son apreciaciones, y se suele caer en el cliché, pero no creo que el jardín del vecino sea más verde que el mío. Jamás.

-¿El negro y el labial rojo son tu sello?

- Yo trabajo todo el tiempo con imágenes. Me interesa lo visual, desde las fotos hasta las artes plásticas, preparo clases, me interesa la edición gráfica... Entonces el negro de mi look es como una síntesis. Igual, uso el pelo corto desde los doce años, labial desde los seis y el negro también tiene que ver con mi propia historia. Mi abuelo nació en la tierra del Mío Cid, tierra de la épica y de las Ermitas, donde la figura es siempre neutral. Nunca elegí cosas estridentes. Hago todos mis rituales vestimentarios, pero uso pocos colores: no podría usar más.

-Trabajaste también en Hermès. ¿Creés que cambió el concepto de lujo en los últimos años?

-El lujo tradicional forma parte de la historia de la moda: es nuestra escuela y nuestro referente. ¿Qué sería de la historia de la moda sin los bordados de Lesage? Son tan importantes como las tapicerías del Palacio de Oriente de España. ¿Qué sería del lujo tradicional sin la cultura de la marroquinería de Hermès? Cada sociedad tiene sus fases, las economías emergentes tienen su necesidad de ostentación como llave para entrar en otra cosa. Y hay también un lujo moderno, que tiene que ver con sensaciones. Lujo puede ser abrazar a alguien en tiempos de relaciones virtuales, o un ramo de flores en un lugar donde son escasas, puede ser tiempo para estar con uno mismo.

-¿Cuál es tu lujo hoy?

-Soy amante de los jabones, un lujo es armar blends para mis cajones. Otro es que no puedo vivir sin flores: yo me voy a dormir, y al costado de mi cama siempre hay una flor. Otro es mi momento de soledad: si no estoy un rato sola, no existo. Si mi hijo se va a la escuela ocho menos veinte y yo puedo estar sola hasta las nueve, es glorioso. Miro por la ventana, estoy con mi perro, pienso mucho... Son pequeñas cosas que tienen que ver con la vida cotidiana. Los que hemos sido educados tenemos el deber de educar a otros: en lo que hace al paladar, a los registros visuales, educarlos en la sensación de bienestar. Eso te da una dosis de percepción de la humanidad: ninguna persona elige vivir en la calle.

-En ese sentido, ¿cuán democráticos son la moda y el lujo? ¿Pueden llegar a todos los estratos?

-Mirá, en la crisis profunda de 2002, había una señora con su hijita que venía todos los días a buscar cosas en la basura. Un día, llovía fuerte, la vi en mi puerta y le alcancé una colección entera de la revista que dirigía por ese entonces, que era Elle. Al tiempo, me tocó el timbre. Le pregunté si había vendido las revistas y me contestó: "No, son muy lindas, me las guardé". Con eso lo que quiero mostrar es que cuando recorrés, seguís encontrando a muchos que no han perdido el orgullo ni la fe en sí mismos. Es importante observar a las personas que están disminuidas, para darles herramientas. Las personas excluidas también interpretan. Y con la indumentaria que llevan, pueden estar diciendo cosas sobre su exclusión. Yo callejeo mucho, dialogo con personas en situación de calle. Ya identificarlas visualmente es para ellas más poderoso que lo que puedas darles a nivel material.

-Tuviste a tu hijo a los 42. ¿Cómo es ser una madre madura?

-Clemente es una bendición en mi vida. Lo tuve a los 42 y ésa es la maternidad que yo conozco. Tuve un embarazo natural, trabajé a los veinte días. Pude ser madre a esa edad, antes no me lo cuestioné ni lo pensé: vivimos lo que nos toca vivir. Ahora está viendo a qué colegio va a ir, fue a visitar el Nacional de Buenos Aires hace poco. En pleno conflicto de la toma del Colegio le di para leer Juvenilia. Quería que él pudiera comparar la rebeldía juvenil de entonces con la rebeldía actual. Cada época tiene su verdad. Para mí, no todo tiempo pasado fue mejor.

-¿Qué lugar ocupa el arte en tu vida?

-La galería Dabbah Torrejón fue un proyecto muy lindo que hice con un amigo, Horacio Dabbah. Duró doce años, era el tiempo que tenía que durar. Llegó un momento en que yo estaba motivada por otras cosas y no iba a dar lo mejor de mí; pero fue todo devolución, y placer. En esos años tan duros, 2001, 2002, recuerdo que mi vida fue gozosa porque yo tenía una muestra en la galería y porque todos veíamos la manera de hacerlo factible. Las personas podemos estar en la situación más horrible, pero si tenemos las herramientas para abrir la sensibilidad, para acceder a la educación, podemos evadirnos gozosamente aun en esos momentos. Se puede salir del martirio a través de la música, a través de imaginar cuadros, a través de una textura. Las crisis no atentan contra la cultura. Fue una experiencia genial. ¿Si quiero tener otra galería? No. No vuelvo dos veces al mismo lugar. Muy Heráclito lo mío: el agua pasa, y voy a otra cosa.
BIO
Profesión: periodista y docente

Edad: 53 años

Ana es un referente de la moda. Estuvo al frente de revistas femeninas icónicas, tuvo una galería de arte y comandó el equipo comunicacional de Hermès. Hoy, dirige la versión local de Harper's Bazaar y da clases de Diseño y Estilo en la UP.