Una universidad para el siglo XXI

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  • Presentación en la UP

En la difícil tarea de difundir los valores, los avances científicos y de preservar los logros intelectuales, el autor reflexiona sobre la transformación necesaria en la universidad.

En la obra se desarrolla un análisis exhaustivo de los desafíos y oportunidades que enfrenta la educación superior norteamericana. Para ello, Duderstadt analiza el conjunto de fuerzas económicas, sociales y tecnológicas que impulsan la rápida y profunda transformación de las universidades.

James Duderstadt desarrolla un análisis exhaustivo de los desafíos y oportunidades que enfrenta la educación superior de Estados Unidos en los albores del siglo XXI. En “Una universidad para el siglo XXI”, el autor analiza el conjunto de fuerzas económicas, sociales y tecnológicas que impulsan la rápida y profunda transformación en las instituciones sociales y en particular en las universidades.

El cambio siempre ha caracterizado a las universidades, ya que tienen la función de preservar y propagar los logros intelectuales, las culturas y los valores de nuestra civilización. Sin embargo, la capacidad de adaptación de las universidades a las nuevas exigencias, atravesadas por un proceso caracterizado por la reflexión, la reacción y el consenso, no es suficiente para permitir a la universidad tener el control de su propio destino. No solo los cambios sociales y tecnológicos serán un reto para la universidad, afirma Duderstadt, serán también la consigna para los próximos años. Con las transformaciones vendrán también oportunidades sin precedentes para las universidades del siglo XXI. La verdadera pregunta de este trabajo no es si la educación se transforma, sino cómo… y por quién. Al respecto, el autor dice: “(…) Las universidades, como en otras instituciones, dependen cada vez más de la dirección y el gerenciamiento eficaz al enfrentarse a los desafíos y oportunidades planteadas por un mundo de cambios”.

James J. Duderstadt
Ex Presidente de la Universidad de Michigan

Es presidente emérito y profesor de Ciencia e Ingeniería en la Universidad de Michigan. Se recibió con honores en la Universidad de Yale en 1964 y es Doctor en Ciencias Físicas e Ingeniería del Instituto de Tecnología de California. En 1981 fue nombrado decano del Colegio de Ingeniería y siete años más tarde fue electo presidente de la Universidad de Michigan hasta 1996.

Ha investigado sobre diversos temas de ciencia, matemáticas e ingeniería y sobre el desarrollo de políticas públicas en áreas como energía, educación y ciencia. Duderstadt publicó extensamente sobre estos campos incluyendo alrededor de 20 libros y más de 100 publicaciones.

A lo largo de su carrera, Duderstadt ha recibido numerosos premios nacionales por sus investigaciones y actividades como el Arthur Holly Compton Prize y la Medalla Nacional en Tecnología. Asesora a nivel nacional sobre políticas sobre Ciencia, Educación Superior, Ciencias Energéticas, entre otras áreas.

Francisco Delich y Roberto Martínez Nogueira participaron de la presentación del libro “Una Universidad para el siglo XXI” de James J. Duderstadt, ex Presidente de la Universidad de Michigan. Durante el debate, ambos especialistas coincidieron en que los nuevos escenarios obligan a la universidad a repensar su definición tradicional y a traspasar las fronteras nacionales.

Francisco Delich:
James Duderstadt sostiene que estamos viviendo un tiempo planetario donde hay que insertar a las instituciones y a las universidades. Hay una observación muy radical que el autor hace citando a Peter Drucker, quien afirma que “en 30 años los grandes campus universitarios serán reliquias. Las universidades no sobrevivirán”. El campus es un espacio de convivencia, de socialización, de estudio y donde se establece una identidad universitaria. ¿Cuál es el fundamento de esta expresión, que dicha por un norteamericano parece casi apocalíptica? Puedo imaginar que tiene que ver con el mundo de Internet y la globalización. El problema que el libro plantea es cuál es el impacto de esta tecnología y del modelo racionalizador que va a incluir a las universidades en este siglo XXI. Duderstadt plantea un debate: la relación entre lo público y lo privado, y también la que se da entre Estado y mercado. Dice que la universidad en su rol de desarrollador de la función de investigación está degradada y, por lo tanto, su estado es crítico.

Roberto Martínez Nogueira:
El libro vale como guía de pensamiento, porque están consideradas todas las cuestiones relevantes con respecto a la universidad como institución. El primer punto tiene que ver con el concepto mismo de universidad. La palabra universidad no convoca a un único modelo. Cuando hablamos de universidad, estamos hablando de cosas muy diferentes. En un mundo cambiante ¿qué modificaciones debe hacer la universidad? Primero, debe abrirse. Pienso en una universidad sin fronteras y con una apariencia física muy diferente a la actual. Las actividades universitarias pueden desarrollarse sin ese lugar físico que conocemos actualmente. La segunda idea es que esta universidad abierta y sin fronteras, al mismo tiempo, es una universidad crecientemente fragmentada. El tercer elemento es que la universidad no tiene que pensarse como un ámbito que impacta sobre un sujeto durante un período de la vida determinado, sino que dura toda la vida y por lo tanto demanda actualización de conocimientos. En definitiva, el autor visualiza a la universidad como un ámbito permanente de tensiones.

En relación con las tensiones que producen la resistencia al cambio ¿Cómo ven esta cuestión con respecto al sistema universitario argentino?

Francisco Delich:
Cuando se habla de cambios, no somos conscientes de la magnitud de los cambios que ya vivimos. En los últimos cincuenta años, la población argentina se duplicó, pero las universidades se multiplicaron por diez. Estamos hablando de universidad de masas ¿Por qué lo traigo a colación? Porque no es un problema de una universidad, sino del sistema universitario. En los últimos veinticinco años la universidad ha tendido más a resolver problemas cuantitativos que cualitativos. Este es un defecto de todo el sistema educativo.

Roberto Martínez Nogueira:
Tenemos que abandonar la conciencia de decadencia para asumir la de desnivel al interpretar la problemática universitaria argentina. Hay que asumir un patrón normativo para que la universidad se ubique en una posición distinta a la de hoy. Al mismo tiempo que en las últimas décadas se han producido cambios significativos en la universidad argentina, se observa la reiteración de modelos que tuvieron vigencia en algún momento, pero que hoy ya no la tienen. Estamos frente a una situación en la que nuevas cosas repiten moldes viejos. Y eso genera una necesidad de repensar el sistema universitario argentino.

En nuestro país, hemos tenido distintos cambios en el régimen regulatorio de la universidad que no han impactado de forma significativa en las instituciones. Este marco careció de los incentivos necesarios para dar mayor énfasis a la innovación, la calidad y la creatividad en la universidad. Un país que quiere insertarse en la sociedad del conocimiento debe generar mecanismos para que las universidades puedan mostrar avances en cuanto a la calidad de la docencia y la investigación. Esto es una deuda pendiente del régimen regulatorio y del financiamiento.

Según el autor, el estilo de gobierno de las universidades públicas en los Estados Unidos dificulta el cambio ¿Comparten esta idea en relación con la universidad argentina?

Francisco Delich:
No me parece que sea un problema para la gestión de las universidades. Es cierto que la toma de decisiones demora más tiempo, pero si quien gestiona tiene claro qué quiere, cómo lo quiere y los tiempos para lo que lo quiere, no me parece que el problema pase por ahí. Las dificultades mayores tienen que ver con mediocridades, falta de imaginación y dificultades de proponer metas comunes.

Roberto Martínez Nogueira:
Mi experiencia es que las cuestiones críticas y estratégicas de largo plazo no se tratan, mientras que el grueso de la discusión se centra en la administración. Entonces, las cuestiones más significativas no son debatidas y esto es un problema institucional serio. En primer lugar, existe un problema del sistema de gobierno, hay una confusión entre lo que es gobierno y lo que es gestión. Segundo, la universidad al ser una institución compleja con tantos actores debe tener algún mensaje acerca de las cuestiones centrales. Y en tercer lugar, la economía política de la universidad. La universidad establece relaciones con múltiples actores y esto hace que tenga más que un sistema de gobierno, un sistema de gobernanza. La diferencia es que el primero tiene jerarquías, mientras que el segundo tiene la capacidad de generar consenso. Y esta capacidad requiere una estructura de gobierno que atienda esas demandas. Sin estos elementos presentes, persistimos en los errores de siempre.

El autor dice que la enseñanza, investigación y extensión quedaron estrechas para definir las funciones de la universidad ¿Las modificarían, ampliarían o crearían más categorías?

Francisco Delich:
Son funciones esenciales, pero comprimidas en la rigidez de los marcos de funcionamiento de las universidades. Está claro que la actividad más importante de las universidades es la docencia. Podríamos balancear estas tres funciones, pero me cuesta mucho pensar cómo lograr un equilibrio entre ellas.

Roberto Martínez Nogueira:
Me parece que la insistencia sobre qué es la investigación, la extensión, y la docencia es muy adecuada. Ahí vemos qué es lo que pasa en las universidades. Por ejemplo, la docencia no es sólo un profesor enseñando, es algo mucho más complejo, que se puede realizar no sólo en las aulas sino en todos lados. Lo que el autor está subrayando es que este tipo de actividades no deben ser pensadas a partir de los conceptos tradicionales.

¿La universidad argentina está perdiendo reputación?

Francisco Delich:
La universidad argentina, todavía, como institución, tiene prestigio. La gente tiende a considerarla como un espacio de honestidad y honorabilidad. En muchos casos, funcionan como los árbitros en cuestiones de Estado. Sin embargo, no es lo mismo la universidad de la década de los 50 que la actual. Estas son universidades masivas y la institución misma es parte de la masividad. Además, una exigencia para la universidad es mantener la autoridad moral en sus funcionarios. Tengo la sensación de que su perfil moral o ético es lo único que podrá salvar a la universidad de las crisis futuras.

Roberto Martínez Nogueira:
La universidad por su naturaleza trabaja con lo público, produce conocimientos, bienes públicos. Todavía, constituye la esperanza de que ciertos procesos, comportamientos y costumbres puedan darse más allá de actores corporativos. Hay pocas cosas rescatables en lo público y, la universidad lo es, sobre todo como una esperanza de construcción. Me sumo a la reivindicación de los valores éticos en la universidad. Por otro lado, ésta ha perdido la proyección de expectativas y no asegura la inserción en una estructura social determinada. En la actualidad, hay muchas actividades en las que el conocimiento no se adquiere en la universidad, sino fuera de este ámbito.

¿Creen ustedes que hacen falta cambios en los modelos de financiamiento de las universidades públicas y privadas?

Francisco Delich:
No puede pensarse que hay arancel o gratuidad absoluta y no otra forma de financiamiento. Implicaría falta de imaginación. En el rectorado de Córdoba, establecimos un sistema, que consiste en una contribución voluntaria de los estudiantes. Todo el mundo entendió que la universidad de Córdoba iba a ser arancelada. Pero la realidad es que se paga una mensualidad y con esa pequeña contribución, todas las facultades de Córdoba se informatizaron y resolvieron problemas de infraestructura muy antiguos.

Me gustaría que en otros aspectos fuéramos tan lúcidos como los suizos: es una educación que combina, no solo la gratuidad, sino la responsabilidad y la solidaridad. Y eso es lo mejor de la gratuidad.

Roberto Martínez Nogueira:
El financiamiento actual es en bloque, donde la universidad tiene una determinada partida a su disposición. Por ejemplo, la Argentina ha instalado un mecanismo de acreditación y evaluación que no tiene consecuencias ni difusión pública para generar demandas sociales de mejoramiento. Esas deficiencias detectadas en las evaluaciones deben ser superadas por las mismas universidades con sus recursos. Pero debería haber un mecanismo de estímulos para la construcción de capacidades y para incentivar proyectos de cambio. Se debe apuntar en este camino para generar un motor interno que rompa con ciertas inercias que están instaladas.



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