Tribalismo, grietas y democracia

Roberto Saba, profesor UP, habla sobre la democracia, las grietas y la homofilia.



Andrew Sullivan es un polémico ensayista inglés, activista gay, católico y conservador que en 2003 abandonó el partido republicano por su desacuerdo con las posturas del gobierno de Bush respecto de la agenda social.

En septiembre pasado Sullivan publicó un artículo en la Revista New York sobre tribalismo en los Estados Unidos. Allí describe este fenómeno como la tendencia que tenemos los humanos a ser cooperativos casi exclusivamente con quienes son como nosotros, quienes pertenecen a nuestra tribu, la que puede estar definida, por ejemplo, por nuestra etnia, cultura, religión o ideas políticas.

De algún modo, nuestra pertenencia nacional define una especie de mega tribu que compite con nuestras adhesiones tribales a grupos menores. Sullivan sostiene que la democracia moderna puede ser desestabilizada por el tribalismo cuando ella compite con nuestras múltiples lealtades con diferentes grupos o cuando convierte a las tribus rivales en enemigos.

Concluye que el serio problema de la democracia de los Estados Unidos es que esas dos características se aplican hoy a los partidos políticos, amenazando el sistema de gobierno. Los riesgos parecen ser particularmente graves cuando las tribus enfrentadas son sólo dos.

Me pregunto si esta tesis puede ayudarnos a entender, y quizá superar, lo que en nuestro país se dio en llamar “la grieta” y que podría también identificarse con una extrema y radical polarización política, fenómeno que parece estar presente en muchas democracias liberales modernas.

La grieta no señala la simple existencia de diferencias ideológicas o partidarias, las cuales hacen al corazón de un saludable sistema democrático. La razón por la que la grieta preocupa es porque quienes piensan de un modo similar consideran a los demás sus enemigos, porque hace imposible el ideal de lograr juntos, a partir y no a pesar de nuestras diferencias, lo mejor para el colectivo y para el país, porque parece asociarse con el objetivo no solo de lograr controlar los resortes del poder, sino de hacerlo para derrotar y anular a los otros.

En el mundo y en la historia estos grupos suelen identificarse unos con lo urbano y otros con lo rural; unos con los que poseen propiedad y otros con los que no; unos con la adopción de ideas nacionalistas y otros con la adhesión a los valores de lo global y lo universal.

Sullivan, escribe sobre la situación de los Estados Unidos en la era Trump, la Europa del Brexit, o el conflicto catalán, y señala que lo que caracteriza al tribalismo es el modo en el que las tribus profundizan su alienación del resto, radicalizan sus posiciones y generan así severos peligros para el futuro de la democracia.

La pregunta constructiva que podemos hacernos es si hay factores que potencian las grietas y la polarización, y si hay algo que podemos hacer para evitarlas o atemperarlas. Para responder este interrogante es preciso primero aclarar una premisa fundamental: la democracia no consiste en el simple recuento de votos y en reconocer el poder de decisión a la mayoría.

La democracia requiere que antes de tomar una decisión los ciudadanos nos informemos sobre la mayor cantidad de alternativas posibles, deliberemos con quienes piensan diferente, revisemos nuestras posiciones e incluso cambiemos de idea si se nos ofrecen razones para hacerlo. Sin este rasgo deliberativo de la democracia, el sistema se expone irremediablemente a la polarización y la lucha a todo o nada de las diferentes facciones políticas provocando exclusión, alienación y muchas veces violencia.

Veamos por ejemplo el caso de nuestra participación en las redes sociales. El constitucionalista Cass Sunstein, quien fuera asesor del presidente Barak Obama, se refiere a la forma en que la polarización resulta alimentada por el modo en que funcionan y usamos esas redes sociales. Así como sucedía hasta no hace mucho con los diarios, la radio y la televisión, una enorme porción del debate político tiene lugar hoy en Internet.

Sin embargo, hay una novedad en este cambio y se llama “filtros”. Mientras los grandes medios de comunicación, como las calles de la gran ciudad según decía la urbanista Jane Jacobs, nos obligan a cruzarnos con quienes no buscamos hacerlo, con sus realidades, con sus ideas y sus perspectivas sobre los grandes problemas públicos, las redes sociales nos brindan la posibilidad de interactuar sólo con quienes piensan como nosotros.

Este fenómeno se denomina homofilia y es la tendencia a rodearnos de similares. Así, muchos ya no saben nada de quienes se diferencian de ellos. Los ignoran así como también sus ideas y versiones de los hechos. Los convierten en enemigos y los desprecian, llegando incluso al extremo de desear que no existan. Esta guetización de grupos homogéneos polariza la política y radicaliza las posiciones. Hace imposible la imprescindible discusión democrática que debe preceder a las decisiones públicas. No nos confundamos: Internet y las redes sociales pueden ser enormemente beneficiosas para lograr una robusta deliberación democrática.

Pueden ayudarnos a informarnos y asociarnos con otros para actuar políticamente, pero los filtros pueden también lograr un nefasto efecto opuesto a favor del tribalismo. El desafío es el de aprovechar los beneficios sin incurrir en el lado oscuro de nuestra tendencia a rodearnos solo de quienes se nos parecen.

*Roberto Saba es profesor de Derechos Humanos y Derecho Constitucional (UBA y Palermo).



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