Algunas respuestas sobre por qué se retuerce la periferia

Algunas respuestas sobre por qué se retuerce la periferia

Por Marcelo Cantelmi

Un popular proverbio chino ilustra que el leve aleteo de una mariposa puede alcanzar como un huracán el otro lado el mundo. La noción que encierra ese relato es que el tamaño de las consecuencias es ajeno a la supuesta levedad del registro que las pone en marcha. En un mundo pequeño, como el de la actual modernidad, la brisa de esas alas tiene desenlaces aún más imprevisibles que los que imaginaban aquellos filósofos primigenios.

La desaceleración de la economía y una probable recesión es el aleteo que alimenta estas crisis que estremecen en simultáneo a Sudamérica, el mundo árabe, Asia o Europa. La intensidad de esa convulsión, que amenaza extenderse como un furibundo dominó antisistema, expresa un cambio de ciclo sin que el anterior haya culminado, lo que libera un espacio entre medio, como señalaba Gramsci, donde “se verifican los fenómenos morbosos más diversos”.

Buena parte del liderazgo global, sin dudas el latinoamericano, debería contrastar su mirada con esa observación si pretende comprender por qué de un momento al otro se disparan conflictos imprevisibles. La realidad exhibe que medidas adoptadas en la creencia de que serían fáciles de manejar por poderes módicamente cuestionados derivan en tormentas casi sin retorno.

El desconcierto de las dirigencias frente a estas novedades liga con una versión de la teoría del caos sobre que los sistemas que se han considerado precisos y previsibles acaban impotentes para contener la incertidumbre, leer la realidad o predecir hechos futuros. Quizá esté ahí un anticipo de los límites a la suposición de moda sobre que el paradigma tecnológico brinda una herramienta eficiente a la política para traducir con Big Data los murmullos de la gente. Lo que retuerce a Sudamérica y a las otras fronteras sorprende pero es un guion conocido en la historia.

El frenazo de las economías centrales por las guerras comerciales, el proteccionismo y la insularidad se derrama por las periferias y agudiza la deuda social. La crisis se ha insinuado este año, pero será mucho peor el próximo según las estimaciones de organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. La titular del FMI, Kristalina Georgieva, acaba de describir ese panorama ominoso al sostener que el endeudamiento global ya representa un 230% del PBI mundial. En EEUU después de 122 meses de expansión emergen indicadores de agotamiento del impulso fiscal con el cual el gobierno estimuló a las altas rentas nacionales desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Pero no solo ha crecido este problema en el norte rico, sino en las periferias. "La deuda pública de los mercados emergentes ha alcanzado los niveles registrados durante la crisis de la deuda de los años 80. La carga de la deuda de los países de bajos ingresos ha aumentado considerablemente en los últimos años".

Chile y ese pequeño Chile que en muchos sentidos es Bolivia por el similar y prologando éxito de sus economías y por la común ceguera de los gobernantes al humor de sus sociedades coinciden además en la dependencia de commodities cuyos precios se han deprimido debido a aquella circunstancia global. Persistir hoy con el antiguo modelo con menos recursos para fondearlo es una apuesta de riesgo. Esa es la razón política de la protesta callejera. Lo que antes se toleraba se resiste menos ahora. En el caso chileno, se repudia una desigualdad exuberante que acorrala a más de la mitad del país. En el de Bolivia, donde el registro ha sido más igualitario, se reclama contra una democracia tutelada y ultrapersonalista.

Felipe González creó el término austericidio para explicar los efectos de políticas de ajuste que acumulan en las banquinas a sectores que antes vivían con cierta capacidad de realización y movilidad social. El brasileño Fernando Henrique Cardoso, a su vez, describió como “utopías regresivas” la añoranza entre gobernados y gobernantes sobre lo que estaba y ya no está, un concepto que merodeó también el filósofo polaco Zygmunt Bauman al aludir a una epidemia global de la nostalgia por lo que la lógica de esta época ha amontonado como pérdidas en los niveles de vida. “Un pasado que se ha perdido en el presente”, anotaba otra mente luminosa del último siglo, el británico Eric Hobsbawm.

El desafío para los gobernantes es diagnosticar con precisión este panorama. Pero la realidad es más angosta de lo que se cree. En Irak, el levantamiento para que su democracia garantice servicios básicos elementales, como agua o energía, ha sido respondido por el gobierno del premier Adil Abdul Mahdi con una represión que ha dejado centenares de muertos. Pese a ello, la protesta continúa. En Líbano, como en Argelia, cayeron los gobiernos, pero no se ha escuchado la demanda, lo mismo que vemos en Hong Kong más allá del entuerto con la República Popular. Últimamente también en Irán por un aumento de 50% en las naftas que despertó a la gente en las calles. La reciente irrupción del partido ultraderechista Vox como tercera fuerza política española es un registro nítido de los “fenómenos morbosos” que producen estas condiciones sociales.

En la región existen los mismos titubeos y vacilaciones. Evo Morales, desde su exilio en México, eludió revisar sus propios pasos hacia el abismo que atrapó a Bolivia y se ha centrado en una campaña de denuncia de un golpismo que solo es una parte de un todo mucho más complejo. Por cierto, casi en una reivindicación de ese relato, el general William Kaliman, el militar que en un notorio acto sedicioso le pidió a Morales el último domingo que renuncie, fue despedido de modo fulminante de su cargo de comandante de las FFAA por el controvertido nuevo gobierno interino de la senadora Jeanine Añez. El Movimiento al Socialismo, el partido del expresidente, es clave para que el país salga de ese callejón y se marche a una urgente elección nacional. Pero esa fuerza no tiene un criterio único: hay alas que piden el regreso y reposición en el mando de Morales y otras, encabezadas por la extitular del Senado, Adriana Salvatierra, que entienden la necesidad de algún tipo de negociación.

Como Morales empacado en una sola mirada, las nuevas autoridades tampoco exhiben moderación. El riesgo es que se imponga el criterio de los halcones para procesar al exmandatario y proscribir al MAS que es el partido más potente del país, una medida que eternizaría la crisis. Ya han habido al menos ocho muertos en una brutal represión en Cochabamba. La expresidente de Chile, Michele Bachelet, acaba de advertir que la situación "puede salirse de control" en Bolivia. El argumento para la estrategia de los halcones contra la fuerza política de Evo es el fraude en las elecciones del 20 de octubre, que es el Talón de Aquiles del expresidente. Hay datos en el análisis que no deberían obviarse. El martes 12 de noviembre último en la sesión del Consejo de Seguridad de la OEA, el secretario general Luis Almagro reaccionó con un discurso irritado acusando de golpista al propio Morales por las maniobras en los resultados electorales.

Las versiones indican que hubo un contacto telefónico en la noche del sábado al domingo que evidenció la furia del diplomático por la manipulación grotesca del comicio. Evo estaba seguro de que la OEA acabaría por respaldarlo debido a que tenía un vínculo cercano con Almagro, quien fue el mayor diplomático de la región que defendió su polémica cuarta candidatura contra las críticas de la oposición boliviana, de gran parte de la región e incluso EEUU. Pero lo que se había hecho imposibilitaba cualquier benevolencia. Evo no comprendía ese giro y hasta le reclamó a Almagro que ocultara los datos. La misma noche de esa conversación acalorada, el organismo enterró el comicio y ordenó repetirlo. Un Evo aturdido anunció bajo el sol del domingo que acataba el pedido.

En Chile, entretanto, la tramitación de la crisis ha mostrado signos auspiciosos pero también ahí pesan las vacilaciones y la pelea política chica. La oposición y el oficialismo comprendieron la necesidad de una respuesta a una movilización que abarca a todo el país con niveles inéditos de destrucción y saqueo. La solución acaba de alumbrar. Toda la dirección política, con la excepción del Partido Comunista, distraído en su propia agenda, concordó que se debe reemplazar la Constitución legada del pinochetismo. Ese cambio es la bandera más intensa en las calles porque se entiende que es el camino para posibilitar un Chile diferente y más igualitario.

Pero, pese al dramático momento que vive el país, los políticos no pudieron pactar una fórmula única para ese cambio, idealmente con la votación de constituyentes. Por propuesta de la centroizquierda se decidió, entonces, que la gente resuelva esa interna de la superestructura. En abril se votará si se quiere una constituyente clásica con todos sus miembros elegidos, u otra con la mitad integrada por parlamentarios. Después de esa definición, se volverá a las urnas en octubre para designar a los constituyentes según el método que se haya elegido. Parece un extraordinario letargo en un presente de urgencias.

El amortiguador de todo ese juego son los cambios ya acordados en el sistema tributario para hacerlo menos excluyente y las normas que se debaten para aliviar la deuda social, la única fórmula para la extensa peregrinación de dos años que aún les restaría a los chilenos para cambiar a su país y gritar victoria. Si tienen esa paciencia necesaria.