Boris Johnson, primer ministro británico Populismo, nacionalismo y el Brexit como emblema

Boris Johnson, primer ministro británico Populismo, nacionalismo y el Brexit como emblema

Por Marcelo Cantelmi

El movimiento populista nacionalista creció en Europa en las últimas elecciones legislativas, pero no con suficiente poder para incidir en el futuro del bloque. La enorme mayoría sostuvo la columna vertebral de esa unión histórica. Pero la realidad se esquiva a veces a sí misma y eso parece ser lo que acaba de ocurrir en el Reino Unido con la instauración de Boris Johnson como primer ministro, justamente un extravagante populista, decidido al menos en el relato a dinamitar a la Unión Europea aun al costo de disparar un tiro en los pies de su país.

La irrupción de un personaje como este conservador, ex periodista, ex alcalde de Londres y ex canciller que ha hecho de la fakenews su herramienta preferida de campaña, alerta sobre los problemas de la política y la representación en esta etapa. Pero lo central es lo que esta gestión puede poner en riesgo.

El primer discurso de Johnson como mandatario lo mostró con un fuerte ímpetu nacionalista y desafiante hacia la Unión Europea enarbolando el Brexit como un destino inevitable el 31 de octubre cuando vence el plazo de salida. Y prometió que buscará un mejor acuerdo que el que negoció la fallida premier saliente Theresa May. Pero desde Bruselas nadie pareció tomarlo en serio. El acuerdo ya fue negociado y no habrá otro, dijeron sus voceros señalando que el criterio es el mismo en las 27 capitales del bloque.

En su mensaje Johnson revoleó una serie extensa de promesas populistas de índole social, de saludad y seguridad que parecían más destinadas a una campaña electiva que para el debut en el cargo. Un detalle central, porque el nuevo premier arranca con un reducido apoyo y si llama a elecciones podría fortalecerse incluso en su pelea con la UE. Posiblemente esté pensando en eso, pero es un sendero peligroso. Dentro de sus propias filas hay una grieta abismal. En los recientes comicios parlamentarios se impuso el llamado Partido del Brexit, un movimiento con semanas de vida que dirige el ultra Nigel Farage. En esas urnas, los conservadores tuvieron una de sus peores performances, despeñándose al quinto lugar incluso detrás de los verdes.

Johnson ha sido uno de los propulsores del Brexit, decisión que adoptó según le indicaban las encuestas. Alistair Campbell, el ex vocero de Tony Blair, recordó que hace unos tres años el nuevo primer ministro escribió una columna a favor de romper con la UE y otra argumentando la necesidad de permanecer y optó por lo primero, atento a lo que creía que era la posición mayoritaria.

Desde una cierta perspectiva, particularmente la economía, el comercio y las finanzas, esta elección que han hecho los conservadores parecería un paso suicida. Se produce después de que la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria, un organismo público, advirtió que si la segunda economía europea rompe a las bravas con la UE, el país entrará en recesión este mismo año de 2019, con una pérdida del producto de 2,1%, y un derrumbe promedio de 10% de la libra, con el efecto inflacionario previsible. “El Brexit abre un panorama de enormes costos aduaneros, y de destrucción de las cadenas de aprovisionamiento”, advirtieron meses atrás los cinco mayores grupos económicos del Reino.

May, una conservadora que nunca acompaño el proyecto de ruptura con Bruselas, negoció bajo presión un camino intermedio con Bruselas. Londres seguiría atada a la UE resignando su capacidad de influir en el diseño de las normas comunitarias que seguirían regulando al país. Además se mantendría una frontera porosa entre las dos irlandas, una necesaria construcción deforme que evite la reanudación de un conflicto que arrasó con esas comunidades. Salvo ese detalle, todo sería menos que antes. Por ello el Parlamento lo rechazó tres veces incluso con el voto de los anti brexit.

Ahora Johnson debutó no solo repudiando otra vez ese acuerdo, sino calificando de “antidemocrático” el delicado punto sobre Irlanda. Para los analistas no es claro lo que proyecta el nuevo primera ministro. Veamos, el planteo del mandatario es que Gran Bretaña, que comprende a Irlanda del Norte, salga de la UE. Pero al mismo tiempo reclama que no haya frontera física con la otra Irlanda que permanecerá en el bloque europeo. Esos dos espacios lograron un acuerdo después de décadas de feroces conflictos y sus frontera es blanda, es decir se la cruza constantemente, no hay tasas aduaneras, ni especial vigilancia. Si hay ruptura, ese borde se transfomará en un límite fronterizo como cualquier otro y se trabajara el cruce cotidiano de los irlandeses para trabajar o visitar familiares.

Johnson y su cofradía antieuropea, alentados desde Washington por el presidente Donald Trump, otro de los grandes voceros de esta ruptura y gran amigo del nuevo premier, habían rechazado el pacto que labró May y al que calificaron como una rendición. Lo hicieron, además, aupados en la idea de que debería ser la UE la que negociara con espanto ante la salida británica. Pero las cosas no han sido así. La crisis acabó fortaleciendo menos que debilitando a Bruselas que aparece como el gran ganador del incendio planteado por Londres. Esa situación no parece haber cambiado con la llegada de este nuevo líder al poder. Pero es probable que haya más palabras que hechos en este drama. La ubicuidad de Johnson quizá vuelva a manifestarse en su contactos con Bruselas y negocie lo mismo que ya se negoció, aunque con algún prudente cambio de título en los documentos y cierta extensión adicional del plazo de octubre.

El trasfondo es nítido. Las exportaciones británicas al continente explican poco más de 30% del PBI británico. Ese mercado continuará pero sin los beneficios de la integración. Si hay una ruptura a las bravas, las perdidas para el Reino se cifrarían en unos 100 mil millones de euros, según el Banco de Inglaterra. La idea de que Washington hará un acuerdo comercial privilegiado como salvavidas no compensará esos daños.

El Brexit es uno de los productos más resonantes del nacionalismo a ultranza que reina en esta etapa en el mundo. Nació en el referéndum de 2016, cuando los británicos dieron la victoria por apenas poco más de uno por ciento al divorcio de la Unión Europea. El argumento de los adalides de la ruptura fue un manojo de mentiras y paranoias sobre una amenaza inmigratoria inexistente y los beneficios igualmente ficticios que el país obtendría si dejaba el gran buque de Bruselas. El Brexit, asimismo, excede el marco de la crisis británica. Aparece en el universo del continente como el más poderoso ariete lanzado hasta ahora contra la unidad europea. Y constituye la bandera a la que han venido apostando los nacionalismos soberanistas que emergieron en ese espacio a caballo de la frustración de grandes sectores de la población que culpan a Bruselas por los daños sociales de las políticas de ajuste.

El “austericidio”, como lo llama el ex presidente español Felipe González, que propulsó especialmente Alemania a lo largo de la década de los 90, ha sido la usina de estos extremismos populistas del mismo modo que el liderazgo de Trump en Norteamérica es una respuesta a la crisis social que sacudió ese país desde 2007/2008.

La dimensión adicional que deja este nombramiento, interroga profundamente sobre la capacidad real de Johnson para tramitar semejantes desafíos. La prudencia y la cautela no parecen formar parte de su legajo de herramientas. Como su socio norteamericano, el flamante mandatario ha falsificado la realidad hasta extremos absurdos como una fórmula para defender sus ideas.

Durante la campaña por el referéndum mintió asegurando que su país pierde 350 millones de libras semanales por pertenecer a la UE. Hace poco revoleó unos arenques en una bolsita traídos de la Isla de Man. Según ese relato, del que hasta se burló la sobria BBC, los pescadores están obligados a tal costoso empaquetado con hielo como condición de Bruselas para poder comerciar el producto.

La UE le recordó de inmediato que esa isla, en el mar de Irlanda, no forma parte de la UE y cuenta, en cambio, de un status especial. Y que la idea de la bolsita pertenece a la agencia estatal de alimentos de Gran Bretaña. Este hombre, con estos estilos, tendrá a su cargo comandar la peor crisis de la era moderna del Reino Unido. Se verá, y hay razones para dudarlos, si incluso sus propios correligionarios le firman el cheque en blanco que espera.