Israel, Irán, guerra comercial y China (¡!) que quiere ser “más” liberal

Israel, Irán, guerra comercial y China (¡!) que quiere ser “más” liberal

Por Marcelo Cantelmi
Beijing. Enviado Especial


Hay una guerra comercial con EEUU, que apenas comienza nuevamente a ser negociada debido a los daños en escalada que exhibe la economía mundial. A ese escenario se agrega el desastre del callejón sin salida que atrapa a Gran Bretaña por el Brexit. China, además, es petróleo dependiente al igual que un enorme racimo de otros países, pero su tamaño hace que esa condición sea especialmente complicada. Es el primer importador mundial. Solo en 2018 la demanda le insumió impresionantes 223,4 mil millones de dólares. Los ataques a las instalaciones petroleras sauditas el pasado sábado golpearon los precios de futuro del crudo que treparon entre un 13 y 15%. Una docena de drones golpearon ese día la planta de procesamiento de petróleo Abqaiq de Arabia Saudita elevando las preocupaciones de los inversores por la situación geopolítica en la región y el empeoramiento de las relaciones entre Irán y EEUU. Estos temores explican la fuga a refugio que evidenció la suba del oro de 1% en el espacio asiático en las horas siguientes al ataque.

El golpe militar sobre la mayor instalación de procesamiento de petróleo convencional del mundo se lo atribuyó el grupo Huthí de Yemen que sostiene una guerra en ese país contra la corona saudita. Los huthies son una milicia shiita cuyos vínculos con Irán en Occidente casi nadie pone en duda, particularmente Washington que responsabilizó de inmediato, aunque sin evidencias directas, a la teocracia persa. El estallido de una guerra entre EEUU e Irán es un riesgo más tangible hoy con los efectos previsibles en los mercados y en el costo de la energía. No se trata de que el conflicto bélico esté ya por producirse, pero sobrevuela ominoso y condiciona. Era Hobbes quien advertía que las guerras existen cuando la batalla puede comenzar en cualquier momento.

Ese entuerto con la teocracia persa estaba ya estimulado por la presión del gobierno ultraisraelí de Benjamín Netanyahu que buscó en la tensión internacional una salida a la trampa electoral en la que cayó este martes.

La sospecha contra Irán se fortaleció por la sofisticación del ataque. Pero en términos básicos, tiró por la borda la alternativa sobre un encuentro presidencial entre Donald Trump y el iraní Hassan Rohani, este mes en la ONU, que incluía un alivio de las sanciones y del conflicto en su conjunto. Posiblemente era eso lo que buscaban sus autores. En la visión de los halcones, de un lado o del otro, la crisis renta. La détente con Irán se había insinuado en paralelo con la apertura de las nuevas negociaciones con China, con la misma intención de aliviar la presión sobre la economía mundial donde la amenaza de recesión ya no es solo especulación de especialistas. Según la OCDE vivimos el crecimiento global más bajo en una década. Por eso, la Reserva Federal norteamericana ha vuelto a recortar las tasas otro cuarto de punto.

Estas novedades se añadieron de modo sombrío a un puñado de indicadores locales que indican que la producción industrial china marcha a su nivel más lento en 17 años. Un fenómeno “principalmente debido al aumento de los vientos en contra externos” según el oficialista China Daily, que aludía con esa diagonal a la guerra comercial y lo que aquí se describe como el hostigamiento proteccionista generalizado en el planeta.

Según datos oficiales de la Oficina Nacional de Estadísticas local, ese rubro clave se expandió 4,4% interanual en agosto, cuatro décimas menos que el mes anterior y muy por debajo de las previsiones de 5,5% de los analistas que ven ahí la debilidad de la demanda doméstica por la reyerta con EEUU. Junto al resto de los componentes complicados de la etapa, no es casual que consultoras como la británica Capital Economics pronostique que la ralentización continuará. Incluso si la crisis lleva a los mercados a bajar la paridad del yuan como ya ha ocurrido recientemente disparando un tsunami en las Bolsas occidentales. "Es improbable que un yuan más débil compense los vientos en contra de los aranceles de EEUU y el enfriamiento de la demanda global y como resultado esperamos una mayor desaceleración de la actividad económica durante el próximo año", remarcó la consultora.

Frente a esta situación, hoy en China todo parece posible. El mensaje que se escucha aquí es el de profundizar el modelo de apertura que se ha venido ejercitando las últimas cuatro décadas.

En una charla organizada por el Belt and Road News Network en la Universidad de Comunicación a la que asistió este cronista, el economista y docente Zeng Xiangmin redondeó esas ideas en tono autocrítico. “El mayor defecto de China es la falta de competencia (interna) y de una mayor presencia del mercado”. Y arremetió: “El sistema chino no es perfecto. Hay espacios de mercado donde la competencia no existe y las empresas son monopólicas. Pero la competencia requiere de cambios, de nuevas leyes y eso en China demora”.

Ziangmin fue sorprendente. Reconoció que para organismos como el Banco Mundial la deuda pública de la República Popular, que supera varias veces su PBI, “es alarmante” pero opinó que esa conclusión no tiene en cuenta los enormes activos públicos. “Con la venta de activos estatales se alivia el peso de la deuda”, sentenció. Todo un atrevimiento que disputa la tradición intocable de esas corporaciones pero, a la vez, un indicador de hasta dónde pueden llegar a correrse los límites si la crisis acelera la transformación.

Aquí observan la guerra comercial como una auténtica calamidad por la fuerte interrelación con EEUU. Pero de prolongarse ese conflicto se debilitarían la confianza y las perspectivas. Muchas empresas dejarían China. En esa línea, el Financial Times reveló que Google y Apple son dos de las grandes compañías que están apostando a Vietnam, pese a sus enormes debilidades comparadas, como un refugio a salvo de la guerra comercial. El problema es que si China perdiera esta guerra se produciría una salida en estampida de empresas y de capitales, lo que Trump pretende forzar incluso con maniobras legales. Pero ese flujo tendría una clara consecuencia: el mercado desplomaría la cotización del yuan y los efectos globales serían catastróficos. Como advirtió el propio Ziangmin “en una guerra de divisas no hay ganadores”.

China se aferra en esta crisis a una de sus mayores herramientas que es la nueva Ruta de la Seda o la Belt and Road Initiative (BRI). Se trata de una ambiciosa red de conexiones de infraestructuras, transporte y comercio para enlazar a la República Popular con el resto del mundo a un costo extraordinario medido en billones de dólares. Después de seis años desde su lanzamiento, el BRI ya incluye a 136 naciones y 30 organizaciones internacionales. La última membrecía fue de Italia, el primer país del Grupo de los 7 que se suma al proyecto. En nuestra región ya lo hizo Chile. Aunque la iniciativa ha disparado todo tipo de polémicas y denuncias de imperialismo básico, el Banco Mundial sostiene que la Ruta de la Seda tiene potencial para generar un aumento de hasta 6,2% del comercio global y un 2,9% en los ingresos mundiales.

Es la globalización en la versión del gigante asiático. Como diría Confucio, de moda aquí, el ir un poco lejos es tan malo como no ir todo lo necesario. Y en eso creen.