Norcorea e Irán, el tic tac de dos bombas de relojería

Norcorea e Irán, el tic tac de dos bombas de relojería

Por Marcelo Cantelmi

El presidente Donald Trump hizo este último fin de semana de junio otro movimiento histórico, espontáneo y a su estilo al cruzar a Corea del Norte para saludar al dictador Kim Jong-un. Fue un gesto que reanuda las negociaciones entre la mayor potencia mundial y la extraña y empobrecida nación del nordeste asiático que se ha convertido, pese a sus calamidades internas, en un enorme desafío atómico y con misilística suficiente para golpear alrededor del mundo.

La decisión de Trump es una apuesta riesgosa. Eleva nuevamente el prestigio del dictador Kim sin que quede claro qué avances podrán obtenerse de este nuevo encuentro después de los dos fracasos anteriores, en Singapur en junio del año pasado y Vietnam en febrero último.

Esas cumbres históricas parecieron solo favorecer a la parte norcoreana asesorada por la milenaria paciencia de su padrino Chino. Pyongyang continuó ampliando su arsenal misilístico y su laboratorio nuclear, pero con la percepción de que ahora, al revés de antes cuando era combatido, podía hacerlo a la luz del día. La paradoja antipática para Estados Unidos de ese comportamiento es que Corea del Norte se apoya en una realidad incontrastable, nunca firmó nada que implicara que debía desarmar su estructura militar atómica. Lo máximo que acordó Kim con Trump, especialmente en la cita de Singapur, la única en la que hubo una declaración, fue la desnuclearización de la península coreana. Una vaga referencia intraducible pero con sentidos diferentes de cada lado de la mesa. De modo que podía seguir en lo suyo como lo ha hecho hasta que haya una coordinación que interprete en común lo que se pretende. Para Occidente, se trata de un desarme completo del norte pseudo comunista. Para la dinastía tiránica del Pyongyang, se trata de que toda la península, incluyendo el Sur capitalista, desarme su capacidad ofensiva. O dicho de otro modo, que se retiren los 32 mil soldados norteamericanos asentados en Seúl y la frontera del Paralelo 32 del armisticio tras la guerra de Corea, una demanda que importa especialmente a China.

En su política de seducción al norte coreano Trump llegó a conceder mucho más de lo previsto. En Singapur anunció que se suspendían todas las maniobras militares en las aguas circundantes que constituían una presión sobre el régimen. Usó como argumento una expresión de Kim que ha descripto esos movimientos navales como “una provocación”. Del otro lado no hubo demasiado como devolución. Aún peor, discursos duros que denunciaron la desconfianza del líder comunista con su contraparte norteamericana y un acercamiento total con el régimen de china que antes exhibía fragmentaciones y distancias.

Este diseño de las cosas tiene un costado inquietante, visto desde el litigio que Estados Unidos sostiene con la república de Irán, una potencia regional que hasta 2015 venía desarrollando, también, una sospecha estructura nuclear. El pacto de Viena de aquel año, que impulso el anterior presidente Barack Obama con apoyo de Europa y el gigante asiático, suspendió ese desarrollo en lo que configuró un giro histórico en Oriente Medio. Pero Trump desactivó ese acuerdo, y repuso las sanciones contra la teocracia persa hasta un punto de ruptura de todos los vínculos y por cierto la confianza, pese a que Teherán cumplía su parte del trato según corroboraron los inspectores de la ONU.

Es interesante imaginar cómo los líderes halcones de la potencia iraní debe estar observando el relacionamiento de Washington con Pyongyang. La señal que emite ese reencuentro es que renta mucho más el desafío y la prepotencia que ha exhibido Corea del Norte que la docilidad y el entendimiento. El doble rasero que Washington ha aplicado con las dos dictaduras tiene esos costos de confusión. Irán arrancó este mes de julio anunciando que violó su parte del pacto de Viena al acumular más de de 300 kilos de uranio enriquecido, una vara que impedía el convenio internacional desactivado. Lo hizo apenas unas horas después de que las fotos de Trump y Kim, sonrientes, y dándose la mano, recorrieran la prensa mundial. Y días después, apenas, de que Europa, tras una intensa negociación, hubiera anunciado un acuerdo para blindar financieramente a la potencia persa, esquivando las sanciones norteamericanas, para precisamente impedir ese desarrollo de uranio enriquecido.

La estrategia norteamericana puede apoyarse en una versión un tanto polémica de la realpolitik. Corea del Norte es una amenaza mucho peor que la de Irán, pero con una importancia singularmente diferente a la que representaría la potencia persa. El trasfondo es la guerra en Siria. Desde que, también en 2015, Rusia entró en ese conflicto en respaldo del régimen de Damasco de Bashar al Assad, la situación viró totalmente, y la victoria quedó fuera de la vereda de Occidente.

El resultado final es que Irán aumentó su influencia regional, extendiendo su mano hasta Irak, donde hay un gobierno pro iraní y una población mayoritariamente shiita, la minoría islámica que orienta Teherán. Y también hacia Líbano y el Mediterráneo. Ese crecimiento encendió la guerra fría que por décadas venía configurándose entre el régimen iraní y Arabia Saudita e Israel. La ruptura del pacto de Viena tuvo como propósito reducir esa influencia y diluir el valor agregado del resultado de la posguerra. La conclusión sin embargo es discutible.

En palabras sencillas, hoy el mundo confronta el crecimiento de una amenaza nuclear en Corea del Norte cuya previsibilidad depende en casi total medida de China, el país con el cual Washington sostiene un combate comercial, ahora en una tregua de difíciles expectativas. Y suma la reaparición de la amenaza nacionalista de Irán, que va por el camino que había abandonado de dotarse de potencial atómico. Es un saldo por lo menos inquietante.