| “El ambiente de la facu está bueno porque la gente es más grande y me puedo relacionar mejor. Fue muy buena la integración” |
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Ante la adversidad, uno tiene dos caminos para elegir. El primero, y más fácil, es bajar los brazos y rendirse ante el primer obstáculo. Pero el segundo, más complicado, es pelearla, no darse por vencido y salir adelante. ¿Lleva esfuerzo? Sí, muchísimo, pero la recompensa es inconmensurable.
Sino, pregúntenle a Agostina Venturino, quien nació con una mal formación en la médula y tuvo el peor vaticinio de los médicos: nunca vas a poder caminar. ¿Nunca? Nunca digas nunca. Porque en base a la fe de sus padres y al esfuerzo y voluntad que puso desde el principio, Agostina tiró por la borda los apresurados diagnósticos y ha evolucionado de muy buena manera desde aquel entonces…
“Cuando nací, el 27 de octubre de 1992, me diagnosticaron mielomeningocele, que es una mal formación en la última parte de la médula. Me formé mal en la panza, tenía las caderas luxadas y no sentía las piernas, pero no se conocieron las causas. Se sabe que estos casos derivan de la espina bífida, algo que mi papá tiene, así que pudo venir por ese lado. Pero como todavía no se conocía mucho del tema, a mis padres le dijeron que no iba a caminar. Ahí tuvo que ver mucho la fuerza de mis viejos para seguir adelante y no quedarse con eso. Así es como hago kinesiología desde los diez meses, tuve operaciones en la médula, en las piernas y también tengo una válvula en la cabeza, para evitar la hidrocefalia. Y hago consultas constantes con el traumatólogo y el neurocirujano”, nos abre las puertas Agostina.
Y enseguida, para completar la ecuación y contar cómo ha mejorado, agrega: “Para poder caminar uso valvas. Antes tenía unas largas, porque no sentía de la cadera para abajo, pero como fui evolucionando me las fueron bajaron y las tengo a partir de la rodilla. Lo que sigue siendo relativo es que vaya a sentir toda la pierna”.
Hoy, con la ayuda de un andador ortopédico y una fuerza de voluntad a prueba de cañones, Agostina sigue adelante a pesar de la adversidad. “Si te quedás, empeoras y no podes hacer nada. He tenido mis altibajos, pero el entorno que tengo me ayudó mucho. No es lo mismo estar sólo y que nadie te empuje, a tener siempre alguien que te diga ‘dale, dale que se puede’. Es un tratamiento día a día, donde hay que poner fe, voluntad y convivir con la sociedad”, nos confiesa Agos.
Por tal motivo, realizó un informe detallado de lo que es el mielomeningocele para que todos puedan saber mucho más del tema y no se desalienten: “Allí está explicado, con la mayor exactitud posible, de qué se trata esta mal formación. La subí al Facebook para que los interesados la puedan ver. Es más, tengo una amiga en Entre Ríos que es profesora de Biología en tercer año, y como están viendo Genética me preguntó si podía mostrarles lo que yo había escrito a los chicos. Y le dije que no había problemas, y que si quería, yo podía ir para que me conozcan y sepan lo que es. Está bueno que conozcan antes de que hablen al pepe (risas)”.
Y así como existe gente que no sabe mucho del mielomeningocele, hay otra que padece algo mucho más preocupante que la ignorancia: la falta de solidaridad. “Y, la gente no es muy solidaria que digamos –se sincera Agostina-. Es muy mala en ese sentido. Es más, quizás solamente un 1% te ayuda cuando necesitas subir al colectivo o el cordón de la vereda”. Ojo, que muchas veces el propio Gobierno es el que hace la vista gorda… “Recuerdo que cuando estaba en la Secundaria, iba a un colegio en donde las veredas no tenían rampas, por lo cual enviamos muchísimas cartas para que lo solucionaran, pero no nos hacían caso. Así que decidimos hablar con los obreros que tenían a cargo la reconstrucción de las calles y al otro día estaban las cuatro rampas, en cada una de las esquinas”.
Esquinas que conoce casi tanto como la palma de su mano. Porque claro, Palermo fue su barrio desde que nació. “Mi mamá y mi papá se conocieron en Entre Ríos, ya que son de Concepción del Uruguay –arranca Agos su historia -. Y allá formaron familia: tengo un hermano por cada lado. Pero cuando mi mamá quedó embarazada para tenerme a mí se vinieron a Capital ya que mi viejo estaba estudiando medicina. Así que siempre viví en esta zona. Además, por una cuestión de independencia y poder manejarme un poco sola, necesitaba que el colegio me quedara cerca, por eso toda la vida me moví por esta zona”. La cercanía, una de las circunstancias, por las que también eligió la UP, lugar en donde se siente muy a gusto.
“El ambiente de la facu está bueno porque la gente es más grande y me puedo relacionar mejor. Fue muy buena la integración”, explica. Y este no es un dato menor, teniendo en cuenta lo que nos contaría después: “Tanto en la primaria como en la secundaria me costó encontrar amigos, porque muchos no entendían mi discapacidad y me dejaban de lado o me molestaban. Por eso siempre me relacioné con gente más grande y con mi familia. Mismo tenerlo a mi papá al lado siendo médico me sirvió de mucho, ya que los que trataban mi discapacidad metían palabras que yo no entendía y después aprovechaba para preguntarle a él (risas)”.
Y allí, claro, fue inevitable hablar de su compinche. “Mi hermana, la más grande, sigue en Entre Ríos, así que tengo mucho más relación, por el tema del día a día, con mi hermano. Antes nos matábamos (risas), pero ya más de grandes nos llevamos mejor y siempre fue celoso y sobre protector. Ahora él está de novio y yo aprovecho para molestar un poco a su pareja (risas)”.
El hall de entrada Club de Amigos está a punto de cerrar, pero la charla, ajena al mundo, sigue su rumbo. Todavía hay mucho por contar. Así, claro, llegó el momento de hablar de su carrera, llegó el momento de hablar de la Licenciatura en Psicología. “Ya de chica tenía definido que quería estudiar eso. Y lo terminé de confirmar cuando hice terapia, ya que me ayudó muchísimo. Además, una vez que entro en confianza me gusta charlar, opinar, saber del otro e interactuar”.
Y si bien recién lleva dos años de cursada, ya hay materias que la hicieron transpirar: “Y… Sociología y Filosofía, que no tienen que ver mucho con mi carrera en sí, me costaron un poco. Las que sí me gustaron mucho fueron Psicología Evolutiva y Psicología del Aprendizaje. Aunque todavía veo muy lejano el final de la cursada, ya que son cuatro años más la residencia, sí tengo decidido que me gustaría trabajar con los chicos. No sé si en Psicología Infantil o Educacional, pero me veo trabajando en esa rama. Lo bueno es que la facultad te va adaptando, ya que tenés un título intermedio y pasantías”.
Más allá de que le gusta ver la tele, escuchar música o estar en la computadora, Agostina reconoce que el estudio le ocupa gran parte de su tiempo. “Son todas las materias teóricas, así que hay que leer mucho”, nos explica. Y enseguida se define como una chica estudiosa, aunque, entre risas, nos revela su secreto: “A las materias que no me gustan tanto les dedico menos tiempo, pero trato de no tirarme a la pileta”.
Eso sí: los miércoles a las ocho de la noche sí se tira a la pileta. Porque ese día es cuando tiene su momento de relax, su momento con la natación. “Me relaja mucho, es como una terapia, lo tomo como una cosa para mí”, nos grafica esta experimentada nadadora, quien retomó los entrenamientos hace dos semanas. “Siempre me gustó practicar este deporte. Ya desde la primaria. Además, me viene muy bien para mi discapacidad ya que trabajo mucho la espalda”.
Y fue hablando de la natación cuando pronunció esas palabras mágicas, ese mensaje tan cargado de fuerza y esperanza. “Si bien ahora vengo a pileta libre, antes practicaba con profesores. Y ellos, ante cada ejercicio que proponían, me preguntaban sí podía. Sí puedo, claro que puedo. Para mí el no puedo no existe. Mi discapacidad me enseñó que todo es posible”. Después, no hubo más que hablar, ya todo estaba dicho. |