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Sección: Cultura / Páginas 1 y 10
Publicación: Miércoles 20 de agosto de 2008
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Entrevista a: Alejandro Carrió
Profesor del Posgrado en Derecho Penal de la Universidad de Palermo
 
 
  "Los argentinos no creemos en la igualdad ante la ley"   
 
 
  Los intelectuales: Lo afirma el abogado Alejandro Carrió

"Los argentinos no creemos realmente en la igualdad ante la ley y no hemos incorporado en nuestra cultura la idea de que una prohibición, por sí sola, es suficiente para dejar de hacer lo que nos está vedado." La frase pertenece al abogado Alejandro Carrió, presidente de la Asociación por los Derechos Civiles y profesor de la maestría en Derecho de la Universidad de Palermo.

Carrió acaba de publicar un ensayo, en clave de divulgación (Digamos basta, de Editorial Sudamericana), con ejemplos de la vida cotidiana que apuntan a explicar la conflictiva relación de los argentinos con la ley. Dice, por ejemplo: ¿Por muchas razones no tenemos incorporado un mecanismo de autorrestricción. La ley no nos dice demasiado y, lo peor, no le dice demasiado al funcionario que debería aplicarla, que, de hecho, está convencido de que las leyes sólo rigen para el común de los mortales, menos para él. En lugar de pelear para cambiar una ley que puede parecernos injusta o que no nos gusta, tendemos a cuestionar su utilidad, pero para evadirla?

Carrió, de 54 años (no tiene parentesco con la fundadora de ARI), es profesor visitante de las universidades de Luisiana y Siracusa. Publicó también Los crímenes del Cóndor, sobre el caso del general chileno Carlos Prats.

Con anécdotas con las que es muy fácil reconocernos como sociedad, este abogado con experiencia en áreas de interés público repasa desde el conflicto con el campo hasta la violación de las bicisendas de Palermo por parte de los automovilistas. Y desde el lanzamiento de las moratorias impositivas, a las que cuestiona ("es como prohibirle algo a tu chico y, a los diez minutos, levantarle la penitencia") hasta la creencia en que sólo un grupo de iluminados será capaz de sacarnos de la situación en la que nos encontramos.

-¿Qué nos está faltando?

-Hacernos cargo de que somos responsables del país que hemos construido y advertir que no existe ninguna conspiración internacional en contra nuestra. Hacernos cargo es, también, pensar que la democracia no es un valor limitado exclusivamente a las elecciones. Nosotros pensamos que vivimos en democracia porque votamos y no hacemos mucho, entre una y otra fecha electoral, para lograr un juego más o menos equitativo de los distintos poderes. Sabemos lo que pasa en el Indec, y aunque eso distorsiona y daña nuestra calidad de vida, no protestamos lo suficiente. Sólo reaccionamos cuando el resultado de esas malas medidas se va de madre, cuando, simplemente, vemos un día que nuestro dinero no está más, que ha desaparecido, como pasó con el corralito.

Tampoco nos parece muy grave la autoridad concentrada. Por eso creemos en los "ismos" salvadores. Yo hago mucho hincapié en la cultura populista, de la que está muy impregnada nuestra sociedad, y que tiene que ver con el deseo de que nos digan lo que queremos escuchar. El populismo prende porque nos absuelve de toda responsabilidad.

Nos convence de que los malos siempre son los de afuera, que no nos dejan avanzar. Este echar culpas afuera nos estanca como país. Y lo peor es que, como el populismo es autoritario, nunca va a impulsar instituciones fuertes, porque no quiere ser controlado.

-Se supone que la ley, cuando no surge por vía autoritaria, es un pacto de convivencia. Usted pone el ejemplo de cómo nunca se respetó la bicisenda de Palermo, como metáfora argentina de cómo buscar siempre los atajos para burlar la prohibición. ¿Por qué no nos interesa cuidarnos?

-Tiene que ver con el poco respeto que nos tenemos. Si hay algo que me fastidia es cuando alguien pretende ser atendido antes que yo aunque yo haya llegado antes. Hay veces que les digo a los que así actúan: "A ver, dígame: ¿por qué piensa usted que su tiempo vale más que el mío?". Una vez, alguien había tirado un papel a la calle y yo le dije: "Se le cayó un papel". Me respondió, furioso: "No se me cayó; lo tiré". Me dejó totalmente desarmado, porque me miraba como diciendo: ¿por qué te metés? ¿Qué te importa?

-Lo curioso es que, cuando viajamos, las cosas que nos gustan de los países desarrollados son el orden, el respeto por el otro, la legalidad...

-Efectivamente. Yo creo que cuando salimos del país y nos damos cuenta de las ventajas de vivir con reglas nos transformamos en otras personas. No sacamos la cabeza del auto para gritar barbaridades a los demás, respetamos los carriles por los que manejamos, no tiramos basura a la calle. Pero volvemos acá y nos olvidamos de aquello que nos maravilló afuera. Volvemos a demostrar que aquí no hay cultura de que lo público es de todos, porque, claramente, a nadie se le ocurre revolear un helado en el medio del living ni dejarlo sobre el sillón...

-También es cierto que en esos países hay un Estado que protege más a sus ciudadanos y les hace la vida más fácil. ¿Cómo salimos de ese circuito tóxico?

-Hay que invertir mucho en educación y dar buenos ejemplos, que sean visibles. Es necesario que se vea que el funcionario que hizo las cosas mal va preso. Que no sea protegido por el poder o enviado a una embajada, porque eso es lo que crea resentimientos, divisiones y la sensación tan dañina de que hacer las cosas mal no tiene consecuencias. Son años de no tener consecuencias negativas por el incumplimiento de las leyes y de la palabra empeñada. Eso nos hace no creíbles, y de esta sustancia está impregnado cualquier conflicto. Miremos el conflicto del campo: se dijo que cortar rutas es ilegal, lo que es cierto. Pero durante el conflicto por las pasteras la gente cortó rutas y el Estado no instaló la idea de que era ilegal el corte. Por eso la gente debe de haber entendido que cortar rutas estaba bien. Además, respecto de las retenciones, no se les pueden cambiar las reglas de juego a los productores después de que sembraron. La anomia es enloquecedora.

-También es cierto que hay leyes muy duras. Por ejemplo, el caso del IVA al 21 por ciento, que invita a la evasión.

-Claro: por eso digo que la ley es un juego que debemos jugar todos. El ejemplo del IVA es el mejor. Nosotros tenemos el IVA más caro del mundo, por la idea de que los demás impuestos se evaden. Eso genera toda una cultura de facturación en negro, o de no facturación. Porque también es cierto que tenemos una hiperregulación. La burocracia siempre tiene reservado para nosotros algún paso más que desconocemos. Uno quiere hacer un trámite y siempre falta algo. Eso hace que nos parezca lógico buscar un acomodo para sacar un documento de identidad. Lo que no pensamos es que el amiguismo de ese tipo es la antesala de la corrupción, que tanto criticamos. Mejor sería que, si la ley es injusta o abusiva, presionáramos como ciudadanos para cambiarla, que protestáramos en conjunto, pero no que la evadiéramos sin hacer nada. Pensamos que la ley es buena, en general, pero la violamos si no nos gusta o no nos conviene. Y si el gobierno se equivoca, que puede equivocarse, lo que hay que hacer es tomarse el trabajo de hacerlo notar. Eso es construir la República.

-Otro argumento al que apelan los evasores es que no hay transparencia en el control del dinero que aportamos al Estado.

-En eso también somos incongruentes: no queremos pagar impuestos, pero pretendemos hospitales impecables. Otra cosa muy negativa son las moratorias impositivas que hay de tanto en tanto. Es como ponerle una penitencia al hijo y levantársela a los dos minutos. Es necesario que tengamos incorporada la idea de que al que no paga impuestos le va muy mal.

-¿Cuántos empresarios hacen la denuncia cuando son coimeados?

-Ninguno, o muy pocos. Y nadie lo denuncia por temor a quedarse fuera de la próxima licitación... Por eso digo: es un juego que jugamos mal, y en el que errar no tiene consecuencias.

Por Laura Di Marco
 
   
 
 
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