Rodin, las formas de la pasión

Ana Maria Battistozzi, profesora de la Universidad de Palermo, habla sobre la exhibición de Rodín en el Museo Nacional de Bellas Artes.



Quién fue Auguste Rodin? ¿Cuál fue su aporte a la irrupción de la modernidad escultórica? ¿Cuál la proyección de su presencia en la producción escultórica y el coleccionismo de nuestro país?’ A cien años de su muerte, el Museo Nacional de Bellas Artes responde a estos interrogantes con una gran exhibición que pone de relieve la poderosa presencia del escultor y el valor de sus obras en la colección del museo.

Obras como el mármol “La Tierra y la Luna”, característica de la producción del artista de 1890-1900 y adquirida directamente en su taller; estudios como el yeso de “El beso”, que el propio Rodin donó a la institución y su versión en terracota y yeso de 1882 que perteneció al pintor Albert Besnard o la impresionante “Cabeza de Balzac”, fundida en bronce por Rudier, que perteneció a Mercedes Santamarina, sumadas a las esculturas del espacio público –el monumento a Sarmiento y El pensador– que le fueron encargadas directamente, dan cuenta de la importancia de las piezas de Rodin que se pueden ver en Buenos Aires.

Rodin fue un artista que ya en vida tuvo una producción a escala y a su muerte donó derechos de reproducción al Estado francés, por lo que sus obras abundan en colecciones privadas y públicas de los Estados Unidos, México y en distintos puntos de América Latina. Pero como destacó la especialista en Rodin Antoinette Le Normand-Romain, “la colección de Buenos Aires conserva un interés particular en razón de su calidad, antigüedad y relación directa con el artista”.

Cierto es que el romance de la cultura argentina con la obra Rodin se remonta al complejo entramado que involucró el monumento a Sarmiento a partir de 1894. Sin embargo, podría decirse que definitivamente se afirmó en 1906, cuando se le encargó “El pensador” y se adquirió “La Tierra y la Luna”. En todas estas decisiones tuvo que ver el influyente artista, crítico y gestor Eduardo Schiaffino, antes y después de ser designado director del Museo Nacional de Bellas Artes y encargado de comprar obras para el Estado nacional. Schiaffino vio la figura de “El pensador” instalada frente al Panteón de Paris, lugar de un enorme poder simbólico para la genealogía institucional francesa. Allí había sido emplazada apenas un par de meses antes de su llegada a Francia. Si bien por su ubicación y tratamiento la estatua estuvo rodeada de polémica y no gozó del favor de la crítica en una primera instancia, Schiaffino se aventuró a encargarle al escultor una versión para Buenos Aires. Sería la segunda llamada a ocupar un espacio de relevancia en la ciudad ya que el monumento a Sarmiento ya había sido ubicado simbólicamente en el Parque Tres de Febrero en 1900. Así, “plenamente de acuerdo con las condiciones que usted tuvo la gentileza de ofrecerme en nuestra última entrevista, tengo el agrado de solicitarle la reproducción en bronce ( de “El pensador”) con pátina verde, por un precio de 15 mil francos”, se apresuró a escribirle Schiaffino en la carta que se conserva en el archivo del Museo Rodin de París.

Tan impactante en su ensimismada soledad, frente al Panteón parisino como en la Plaza del Congreso porteña, “El pensador” fue concebido sin embargo como parte del complejo escultórico “Las puertas del Infierno” que le habían encargado a Rodin en 1880 como entrada del Museo de Arte Decorativo de París. El conjunto, inspirado en “Las Puertas del Paraíso” que Ghiberti cinceló para el Baptisterio de Florencia remitía a la Divina comedia. Y en ese sentido la figura del Dante estaba llamada a ocupar un lugar central. Ya en la maqueta presentada en 1880, Rodin la ubicó en el dintel rodeado de distintos motivos escultóricos que fue desarrollando y presentando por separado a lo largo de varios años. Tal el caso de los bronces de “Eva” y “Amor fugit” del museo, dado que “Las Puertas del Infierno” no fueron fundidas como conjunto sino hasta después de la muerte del escultor De manera que lo que se conoce como “El Pensador”, en tanto parte de ese conjunto, nació como una representación alegórica de Dante Alighieri totalmente alejada de la iconografía con la toga, el gorro y los laureles con que se lo reconoce habitualmente. La idea de Rodin fue ofrecer una representación que, desafiando la tradición, hiciera eje en la figura del creador como un titán atlético que sueña su obra sentado en una roca con los pies bien adheridos a ella.

Esa figura deliberadamente despojada de la fragilidad física que se suele asociar a los poetas fue una de las primeras dentro de una serie de interpretaciones que Rodin hizo de grandes figuras de la cultura. Entre ellas están los monumentos a Balzac y el propio Sarmiento. Casi todos criticados por el desdén que se permitió Rodin por el reconocimiento fisonómico. Ocurrió con la figura de Dante Alighieri, que alegóricamente convirtió en “El pensador”, pero también con el Balzac y el monumento a Sarmiento. Está claro que el escultor prefirió bucear en la potencia de sus temperamentos que es lo que defino las formas en cada caso Lo cierto es que más allá de las polémicas que suscitó –sobre todo a partir del monumento a Honoré de Balzac, presentado en el Salón de la Société Nationale de 1898, Rodin llegó a encarnar por aquellos años al modelo del artista moderno que desafiaba los principios académicos con una propuesta estética innovadora que fundía las figuras inacabadas con la materia de la que emergían. Importa destacar la atención que prestaron los argentinos a este fenómeno novedoso. No sólo Schiaffino como representante especializado del gobierno sino también los jóvenes artistas y coleccionistas que viajaban a París. La importante presencia de Rodín en el Pavillón de L’Alma durante la Exposición Universal de 1900 contribuyó por otro lado notablemente al prestigio que el escultor alcanzó en los rincones más lejanos de Europa. Entre ellos, nuestro país, en momentos en que sus elites intentaban programas modernistas que tenían como modelo a la cultura europea francesa.

Así, el taller de Meudon –donde Rodin trabajó durante años– tanto como su casa parisina se convirtieron en visita obligada para los artistas y las élites cultivadas de Latinoamérica. Como recuerda la investigadora Marisa Baldassarre, la peregrinación al taller de Rodín incluyó a destacadas figuras de la cultura y la política. Figuras como Miguel Cané y funcionarios como Miguel Marcó del Pont que participaron de las negociaciones relativas al monumento a Sarmiento lo frecuentaron entre 1894 y 1900, el período transcurrido entre el encargo y la entrega de la obra. También Carlos Pellegrini y Rogelio Yrurtia, entre otros artistas, y periodistas como Alberto del Solar y José de Soiza Reilly, enviado de la revista Caras y Caretas.

Todo esto contribuyó al interés de su obra por coleccionistas de fuste como Antonio y Mercedes Santamarina, gracias a cuyas donaciones el museo posee importantes trabajos como los estudios para el grupo "Los burgueses de Calais". Se trata de la reducción en bronce de Jeanne d´Aire y de la cabeza en yeso de Pierre de Wissant. "Los burgueses de Calais" es una de las obras más interesantes de Rodin, que ejerció gran influencia en la obra de Rogelio Yrurtia autor del "Canto al trabajo". La estela de influencias que prodigó Rodin en la escultura argentina de la época es un capítulo aparte que desarrolla la exhibición de Bellas Artes en una sala aparte: trabajos de Arturo Dresco, Albert Lagos, Rogelio Yrurtia y Pedro Zonza Briano, la mayoría realizados entre 1904 y 1920 dan cuenta de su fuerza.



¿Querés saber más? Clickeá aquí