Debate: ¿La democracia se devora a sí misma?

28/11/2019

Debate: ¿La democracia se devora a sí misma?

El director de Posgrado de la Facultad de Derecho, Dr. Roberto Saba, reflexiona sobre la democracia, en una columna de opinión publicada en el diario Clarín.

Obviamente, el académico generó una enorme incomodidad en el auditorio que escuchó tamaña predicción apocalíptica. Su desafío fue aún mayor cuando señaló que no son los líderes populistas de derecha los responsables de esa calamidad, sino que ellos son solamente su síntoma.

El problema, continúo, es en verdad el creciente apoyo que ellos tienen dentro de sus comunidades políticas y remató: el problema somos “nosotros”.

La pregunta que se hacía Rosenberg – y que respondía por la afirmativa – se refería a la posibilidad de que los seres humanos no estemos “equipados” naturalmente para hacer el trabajo arduo que la democracia requiere.

La democracia, para funcionar correctamente, supone que la ciudadanía, cada uno de los miembros de la comunidad, realice importantes esfuerzos necesarios para doblegar pulsiones, prejuicios y tendencias muy potentes.

También requiere que los liderazgos políticos asuman la enorme responsabilidad de contribuir a que esa tarea cívica se realice, no solo auto-inhibiéndose de estimular la confrontación y el conflicto en términos irreductibles, sino promoviendo la deliberación pública entre perspectivas muchas veces radicalmente diferentes e incluso opuestas, buscando acuerdos que pueden ser muy difíciles de lograr.

En 1945, según algunos estudios, solo había 12 democracias en el mundo, 50 años después, al final del siglo XX, había 87. Pero algo se rompió en los últimos años del siglo XXI. Propuestas políticas de derecha populista se han convertido en gobierno en Hungría, Gran Bretaña, Estados Unidos, Brasil y Turquía. Esas mismas ideas han adquirido un creciente apoyo en Polonia, Francia, Italia y más recientemente en España.

La porción de votos de esta facción política en Europa, tomada en conjunto, paso del 4% en 1998 a 13% en 2018. Más del triple.

La tendencia no parece ser ajena a América Latina. Los últimos acontecimientos que tuvieron lugar en Bolivia, hacen temer por una curva similar en nuestro sub-continente. La imagen de “El Macho” Camacho, un líder de ultra derecha, émulo de Bolsonaro, entrando a la casa de gobierno en La Paz luego de la renuncia de Evo Morales, prometiendo “llevar a Dios de vuelta al Palacio Quemado”; o la de Jeanine Añez, la Senadora autoproclamada Presidenta Interina de la República, enarbolando ese libro religioso en el balcón de la sede del gobierno, son tristes evidencias de aquella posible deriva.

Si bien Añez afirmó que haría todos los esfuerzos necesarios para pacificar su país, rápidamente recibió como respuesta en las redes sociales la re-publicación de viejos tuits (ahora borrados), entre los que se destaca uno de 2013 en el que llamaba “satánicos” a los miembros del colectivo aymara.

Según Rosenberg, el número de democracias liberales seguirá decreciendo en el mundo o se transformarán en cáscaras vacías en las que gobiernos populistas ultra conservadores ofrecerán a sus votantes respuestas simples a preguntas complicadas, culpando a los inmigrantes, los indígenas, las activistas por los derechos de las mujeres, los ambientalistas, los globalistas, los filántropos que apoyan esas causas, los periodistas y medios liberales, o los internacionalistas, de todos los males que aquejan a la sociedad o, mejor dicho, a la parte de la sociedad que los apoya y que identifican como “el pueblo”.

El punto de Rosenberg es que comportarse del modo que requiere la democracia liberal, tratando de entender el punto de vista que no compartimos, buscando acuerdos y consensos, aceptando perder un poco para avanzar en conjunto, respetando las diferencias de todo tipo y asumiéndonos como iguales en el colectivo político, es un trabajo arduo que requiere luchar contra los propios prejuicios e impulsos. Después de todo, parece haber evidencia de que, de no hacer este esfuerzo, nuestra proclividad a excluir, segregar, e incluso eliminar al otro es muy potente.

Como dice el constitucionalista de Harvard, Cass Sunstein, tenemos la tendencia a relacionarnos con quienes piensan de un modo similar a como pensamos nosotros – rasgo que recibe el nombre de homofilia –. Por ello, descartamos aquella información que refuta nuestras convicciones e intuiciones, y abrazamos la que las confirman, incluso si son falsas. La democracia no es un sistema político que se basa solo en la cuenta de votos o de voluntades detrás de una decisión.

Éste es un régimen político basado en la deliberación que precede a esa decisión, en la capacidad para ceder y llegar a acuerdos, siempre sobre la base de la aceptación de que los miembros de una sociedad diversa, formada por personas de orígenes y creencias diferentes, no tienen otra opción que vivir juntos. La propuesta de la derecha populista ultra conservadora es todo lo contrario de lo que la democracia como deliberación requiere y son los liderazgos políticos e intelectuales, los profesores, los periodistas, los jueces y los funcionarios públicos los que tienen la responsabilidad fundamental de contribuir a que la ciudadanía haga su trabajo democrático, aquel que muchas veces parece resultar desplazado por nuestras pulsiones tribales más profundas.

Nota publicada el 28/11/2019, en Clarín, por Roberto Saba. 
Foto: Daniel Roldan.